Autonomía relativa

Sobre la reforma política

Ahí viene la reforma política. No sabemos cómo va a quedar, pero podemos darnos una idea aproximada. Se trata, por un lado, de quitar a los gobernadores ciertos poderes que les permiten controlar, de alguna manera, las elecciones en sus estados. Eso parece un paso adelante. Está bien que el poder absoluto que tienen los gobernadores se acote. No solamente en el ámbito electoral, también en el de la discrecionalidad con que manejan los recursos públicos sin rendir cuentas de ningún tipo. Algo se tiene que hacer con quienes ejercen una autoridad sin contrapeso alguno: no pagan impuestos ni los quieren cobrar; no meten controles a su policía y cualquier cosa que sucede en sus entidades, desde una lluvia torrencial hasta un bache en la carretera, es culpa del gobierno federal.

Si se reducen los costos de las campañas, será un beneficio; pero también los partidos deben reducirse el financiamiento (más aún en años como el que entra en el que no hay ningún tipo de elecciones) para mostrar a los ciudadanos que los acompañan un esfuerzo de austeridad. También los partidos deben someterse a reglas de transparencia. Sería deseable, tal y como se propone, subir el mínimo de porcentaje de votación para que los partidos conserven su registro. En fin que hay cosas que valen la pena.

Sin embargo, parece que la reforma propuesta trae sus  excesos. Desde mi punto de vista, quitar el IFE es un despropósito. Creo que el IFE ha cumplido  a satisfacción con los retos que ha tenido desde las elecciones del año 2000. Si bien la elección de 2006 fue muy cerrada, polarizada, difícil de canalizar por las autoridades electorales, cumplió institucionalmente con su misión. Lo mismo podemos decir de quienes tuvieron la responsabilidad de las elecciones de 2012. Salvo los “loquitos de siempre”, la labor del IFE fue aceptada. Se pueden discutir ciertas tropelías en la elección, pero tuvieron más que ver con la ley en materia electoral que con el instituto.

Me llama la atención que el PAN vuelva a entrar en una dinámica de querer quitar al IFE —como lo hizo inopinadamente en 2007—. Aquella acusación contra quienes formaban parte del instituto y a la que se sumó alegremente el albiazul no le trajo buenos resultados. Sus adversarios les hicieron aprobar —fruto de esa histeria colectiva que en ocasiones se apodera del Legislativo cuando identifican un enemigo común— una ley que se llamó: “¿Cómo gana el PAN? Ah, pues será todo lo contrario”. El resultado fue adverso para el panismo. Ahora nuevamente, el partido se dispone a hacer algo similar. Cambiar la letra F por la N puede costar miles de millones de pesos, nada más porque se les ocurrió a algunos en el PAN y el PRD que nada funciona.

Lo mismo pasa con el tema de los medios de comunicación. Querer controlarlos, como lo hace la ley actual, es simplemente premoderno y antidemocrático. Tratar de ahondar en esa dirección es un error que saldrá costoso, pues no tiene sentido acorralar a los medios para que digan lo que los partidos quieren nada más porque dos o tres acomplejados no salen en la tele. Regresar a un marco donde se privilegie la libertad y se fortalezcan las auditorías me parece lo recomendable.

Ojalá salga una buena reforma y no sea una motivada por que los partidos no saben perder. Porque, en efecto, cuando pierden es culpa del IFE o de que les robaron, o de los medios, o de que hubo algo que nadie vio, pero que sí pasó… en fin, los partidos nunca pierden por su culpa, por eso siempre buscan a quién cobrarle la derrota.

@juanizavala