Autonomía relativa

Los problemas de la semana

Sin duda ha sido una semana con eventos sorprendentes. Dos fueron los principales: la gigantesca marcha del jueves y la aclaración, mensaje, o como se le quiera llamar, de la señora Rivera.

Fue sorpresiva la aparición pública de la esposa del Presidente. Ignoro cuáles hayan sido las motivaciones del primer nivel gubernamental para decidir exponer de esa manera a  la señora. Si querían que ella fuera el amortiguador de los justificados reclamos ciudadanos con su popularidad y credibilidad, se equivocaron. Si tenía credibilidad, se la quitaron. Si pensaron que al ser mujer los señalamientos bajarían de virulencia, nada más enardecieron a los indignados que subieron el tono. Las burlas por la aparición de la señora son de una virulencia inusitada. Las imitaciones son de una mordacidad bárbara. Los comentarios sobre el mensaje van del sarcasmo al escarnio y la abierta majadería.  La incredulidad llegó también a los medios internacionales y a miembros de la comunidad artística. Lo peor del asunto es que ni siquiera se logró lo que quería —que no sabemos qué era— porque el resultado no lo pueden ver como satisfactorio.

El problema es mayor. ¿Por qué se decidió de entre decenas de personas que pudieron salir a dar la cara por su jefe y explicar o intentar moderar la exigencia de información y aclaraciones que saliera la esposa del Presidente? Intentaron esconderse en la popularidad de la señora. Un mal mensaje, mal editado, mal enfocado. Hasta los floreritos fueron criticados. La subieron al patíbulo, la aventaron a los lobos. Aparte de inútiles, cobardes.

Ante un gobierno escondido, la gente sale a la calle. Ante un gobierno sin respuestas, arrinconado, la gente se apodera de la plaza pública y exige que cese el silencio cómplice en algunos casos, ominoso y corrupto en otros. Pero el gobierno solo sabe apretar al viejo estilo.Querer hacer de la marcha un evento violento es una torpeza. Tratar de centrar lo sucedido en unas decenas de violentos no quita la demanda de justicia, la expresión de hartazgo y espanto de miles y miles que marcharon pacíficamente.

El gobierno debe entender que nadie quiere el cambio con violencia, la marcha es una forma de protesta pero también de esperanza. Las cosas no pueden ni deben seguir igual. Y le toca al gobierno porque en este país ya ni siquiera hay oposición. Corrompidos, enlodados en el fango de su desastre moral, el PAN y el PRD no están en condiciones de exigir nada, pues desde el principio decidieron entregar su alma a este gobierno que, de esa manera, carece de referentes políticos.

Lo que se necesita es un cambio de actitud en la esfera gubernamental. De nada sirve la declaración de bienes del Presidente si su gabinete no hace lo mismo. Deben dejar de gobernar el país como caciques. Deben empezar por respetar la libertad de opinar diferente. Deben dejar de ver los asuntos públicos como si fueran de su despacho privado. Deben dejar de usar el dinero público para enriquecer a los suyos. Deben dejar de amenazar a los demás con el fantasma de la maestra presa. Un gobierno, como este, que tendrá en el futuro una enorme cantidad de licitaciones debe cambiar la manera de licitar. Dejar las adjudicaciones directas como lo han hecho hasta la fecha y hacer un proceso de transparencia ejemplar. Deben entender que son un gobierno bajo sospecha, lo cual es un riesgo pero encierra en sí mismo la otra cara de la moneda: también es una oportunidad. Y no tendrán muchas más.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

Twitter: @juanizavala