Autonomía relativa

¿El petróleo es nuestro?

El cuento del petróleo como única fuente de la riqueza nacional y como bastión de la soberanía es algo que debemos superar. No se puede pensar en la viabilidad de la empresa petrolera si nos dedicamos a hacer reverencias a un pasado ya casi remoto.

Una de las cantaletas con que uno nace, crece, se reproduce y muere en México es la de que “el petróleo es nuestro”. Después de un buen tiempo uno se pregunta: si es de uno, por qué no puede disponer libremente de lo que le corresponde. Solo hay unos cuantos que pueden, efectivamente, decir que el petróleo es de ellos. Son algunos funcionarios públicos, líderes sindicales y empresarios como los de Oceanografía. A ellos sí les toca que el petróleo sea de ellos. Es posible que esa empresa desaparezca, entonces el gobierno le dará a tres o cuatro empresas de sus amigos lo que tenía la anterior. Así, el petróleo y sus ganancias son de ellos y de nadie más. Los otros que somos dueños del petróleo, según la consigna de la izquierda antigua y reciente, nos toca leer escándalos.

A mí por eso me parecería bien que vendieran Pemex. Por lo menos no me quedaría la sensación de que me están quitando algo; al contrario, que entre privados se desfalquen entraría en las prácticas comunes del empresariado rapaz. Pero como eso no sucederá, Pemex seguirá siendo nuestro en el papel y en el cheque será de unos pocos.

El cuento del petróleo como única fuente de la riqueza nacional y como bastión de la soberanía es algo que debemos superar. No se puede pensar en la viabilidad de la empresa petrolera si nos dedicamos a hacer reverencias a un pasado ya casi remoto. Las conmovedoras escenas que nos hablan de la gente del pueblo que entregaba sus animalitos, sus alcancías, para pagar la expropiación petrolera, son eso: conmovedoras porque nos hablan de un momento histórico, de una circunstancia específica en un mundo que se perfilaba a ser blanco y negro. Pero desde esos recuerdos no se puede hacer una política pública que pueda perfilarse en el futuro del siglo XXI.

Es entendible que una parte de nuestra izquierda se especialice en revivir periódicamente mitos y eventos de nuestra historia. De eso viven: de explotar las causas que algún día tuvieron unos y que ellos, paradójicamente, han privatizado. Lo mismo Zapata, que el 68 o la expropiación petrolera. Y, aunque tienen votos en el Congreso, no gobiernan, por lo que sus expresiones mitineras quedan en eso: una pancarta, una consigna.

Lo que sí preocupa es que el PRI se mueva en ese sentido. El discurso que dio el presidente Enrique Peña el año pasado en la presentación de su propuesta de reforma energética fue más que demagógico: fue un engaño. Y es que, claro, andar queriendo quedar bien con la memoria de “el General”, lo que “hubiera querido”, lo que le hubiera gustado, pues no tiene mucho sentido cuando se compite contra el hijo del mismísimo “General”.

El tema del petróleo es un buen ejemplo de las confusiones y contradicciones en las que vive el PRI. Es un partido que se dice heredero de la Revolución, de la clase trabajadora y toda la retórica alrededor de esos conceptos. Pero en ese partido abundan políticos millonarios, empresarios de éxito y representantes del gran capital y los llamados poderes fácticos.

El PRI es parte de la Internacional Socialista. Quizá por eso no se atreve a mencionar “privatización” o cosas por el estilo. Siguen hablando de soberanía petrolera, pero se aprestan a aprobar leyes que nada tienen que ver con ese discurso. Celebran la expropiación y ponen en marcha la privatización; saludan al General y abrazan a la trasnacional. Pero nos seguirán diciendo que el petróleo es nuestro y de nadie más.

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