Autonomía relativa

El perro de los amarres

Jorge Castañeda lo advierte en las primeras páginas de su autobiografía Amarres perros. Se trata de un género inusual en México. Después de leerlo uno entiende lo poco que se practica. Se requiere de honestidad con uno mismo, primero, y después con los lectores, para escribir algo así. ¿Quién mejor que uno para conocer sus defectos? Y también, ¿quién mejor para ocultarlos? Castañeda lo sabe, no los oculta, los pone desde el comienzo, los describe, narra lo que le han hecho pasar para bien y para mal. De hecho, Castañeda es de las pocas personas que puede escribir 700 páginas sobre sí mismo y sin rubor alguno.

Acostumbrados a la hipocresía de nuestra clase política y a nuestro carácter nacional que oscila entre la amabilidad y el rencor, la sinceridad de Jorge no deja de sorprender. No hay adjetivo que le hayan adjudicado los demás que él esconda. Habla que desde joven poseía una “ambición insaciable”. Comenta su niñez, su educación en diversos países —de ahí que sea un mexicano “global”, que comprende lo que pasa en el mundo—. Su juventud entre hippie y “junio resca” y su también insaciable sed por saber y conocer.

El libro de Jorge sirve para que quien no sabe cómo se hace la política, lo aprenda de primera mano de alguien que “nació, creció y morirá cerca de la política”. No es un libro de chismes, tampoco una memoria incolora —como la que hacen nuestros políticos—, es una especie de informe sobre sí mismo con sus motivaciones, sus causas, sus luchas, sus triunfos y frustraciones. Por supuesto también sus amores, sus pérdidas y sus innumerables pleitos en los que queda claro que no haya nadie que pase por encima de él. Ni siquiera un Nobel. Lo explica claramente: “En mi manual, los enemigos personales lo son para toda la vida, mientras que los pleitos políticos y las animosidades sociales duran el tiempo de su eficacia o inevitabilidad”.

Por supuesto que hay partes aburridas. En el fondo, solo para uno mismo resulta interesantísima la vida propia. Abundan chistes muy malos. Pero está lleno de revelaciones. Jamás imaginé a Carlos Slim levantarse colérico de un par de reuniones. Detalla sus reuniones con Salinas, su relevante papel en Centroamérica, su izquierdismo, sus amistades. Habla de sus motivaciones tan personales para ser canciller. Sus diálogos con Fox que inevitablemente recuerdan a Robinson Crusoe en su encuentro con el primitivo Viernes.

El libro es también un homenaje amoroso a sus padres y un regalo, amoroso también, a su hijo —con cuyos pleitos espera que “duren una eternidad”—. Escribe la madre en su diario sobre el hijo joven: “…Es sobre todo su novedad. Lo hicimos con nuestra búsqueda intelectual; es lo que produjimos con nuestra cultura y nuestras mentes agudas y listas. En él no hay vacilación; está absolutamente seguro de lo que quiere. Nunca buscará consejo o apoyo. No lo necesita. El mundo en el que crecerá será suyo y sabe qué esperar de él”. Qué manera de trazar y adivinar la vida en unos renglones.

Es también el retrato de una generación que se despide de los escenarios centrales. Muchos nos deben un testimonio similar. En el libro, Jorge explica y se explica. No tiene miedo de hablar de sí mismo. Se sabe soberbio, arrogante, brillante, expansivo. Pero también leal y fiel consigo mismo —cosa que no abunda en la política— y con sus cariños; se sabe cosmopolita, irritante e irritable, talentoso y afortunado en la vida. Quizá todo eso lo hace un verdadero “perro” para los “amarres”.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

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