Autonomía relativa

Los padres de la Patria

Cuando la gente se pregunta qué pasa en el Poder Legislativo, por qué proceden de tal manera, qué les mueve para hacer lo que hacen, es difícil dar una respuesta satisfactoria. En mi tránsito por la política, no he sido ajeno al quehacer legislativo. Mi padre, una de mis hermanas, amigos y clientes de mi consultoría han sido legisladores. Convivir y trabajar con quienes han sido parte de ese poder han sido parte de mi vida profesional.

Diputados y senadores enfrentan tareas relevantes en sus respectivos periodos. Están sujetos a la presión pública, al ojo mediático, a la condena popular. Aprobar leyes polémicas los confronta ante sus electores, los medios y, en ocasiones, las menos, ante sí mismos. Por supuesto que no debe ser fácil plantarse a defender una posición contra lo que puede decir la “opinión pública”, pero se supone que para eso están, para legislar y cambiar lo que tengan que cambiar.

He visto que algo pasa con quienes entran en San Lázaro. Su vida cambia en cuanto les toman la foto y saben que se sentarán en una curul —lo mismo pasa con los senadores en su nuevo recinto—. Se convierten en personas de caminar erguido y gesto, adusto aunque su percha proyecte absoluta nulidad. Entran a restaurantes con cara de importancia, porque traen un pin en la solapa, pero nadie los reconoce. Por eso van a los establecimientos en los que encuentran a sus colegas: solo ahí los saludan.

Los legisladores viven en un microclima. Según ellos lo que pasa en su trabajo es lo que sucede en el mundo; no hay cosa más relevante que lo que se dice y discute entre ellos. Claro que en muchas ocasiones es cierto: deciden la suerte de ciudadanos, empresas y de las políticas públicas del gobierno. Pero eso no significa que lo que suceda en su entorno sea lo que piensan y quieren los votantes. Viven sus discusiones como si fuera la Revolución francesa. Pueden ignorar todo sobre un tema, pero lo que les importa es su idea de las cosas y, de preferencia, una consigna al respecto. Por eso cambian lo que sea desde hace años: las elecciones, la energía, las comunicaciones, la agricultura, la seguridad y lo que sea necesario porque, para ellos, todo lo que hacen es “histórico”, no ha existido nadie con semejante responsabilidad. Por eso se reúnen entre sí y hacen de cualquier anécdota estúpida una epopeya, de cualquier dicharacho, una frase de mármol. Aplauden y celebran lo mismo al compañero del discurso académico que al del albur fácil y la declaración hueca. Nadie puede comprender ese círculo, porque son los padres de la Patria por periodos. Estamos condenados a no entenderlos.

EL MÉTODO DRESSER PARA ARREGLAR LAS COSAS

Exitosa como pocas personas, Denise Dresser goza de una popularidad singular. Su pluma ha sido certera, sin lugar a dudas, pero su estilo se ha vuelto predecible. Sin embargo, su tuit de esta semana en el que exige que Telmex le arregle su internet si no quiere que escriba contra Slim revela uno de los resortes más penosos de la crítica en México: Te pego para que me pagues. O para que me arregles mi internet, me dispenses un trámite, me pagues un boleto, me des una cortesía. Ella dice que se le criticó por falta de sentido del humor de los demás. Basta estar frente a ella un par de minutos para darse cuenta de que es inteligente y culta, que se le llena la boca al decir algo en inglés, que tiene una autoestima de niveles desproporcionados, pero que carece del más mínimo sentido del humor. Ella, que colabora en Televisa y contrata Infinitum, se asume como crítica de los poderosos, y lo es, por eso su desliz es más que significativo.

juanignacio.zavala@milenio.com

Twitter: @juanizavala