Autonomía relativa

El mundo también existe

Algo serio pasa en un país cuando los jóvenes salen a la calle. Es la demanda de un mínimo presente que les permita acceder al futuro. Los jóvenes son baleados, asesinados, por orden del presidente de su país.

En medio de la gritería nacional —aumentada esta vez por la captura de El Chapo y sus derivadas: impacto internacional, incredulidad en un sector nacional, autocelebraciones oficiales, felicitaciones espontáneas, sospechas de los inevitables de siempre y a la espera de que vuelvan las aguas de lo cotidiano a su cauce— se nos pueden ir temas que son relevantes en el mundo y que por lo tanto tienen su impacto en nuestro país.

Mientras chapoteábamos, en Ucrania cayó un tirano. Tristemente su caída costó la vida de decenas de patriotas en ese país. Víktor Yanukóvich dejó su puesto, pero el precio fue sangre inocente. Las escenas de la semana pasada recordaban los 80 y las luchas dentro del bloque soviético. La realidad de pronto salta y tenemos que tratar de entenderla. Pocas cosas sabemos sobre aquel país, pero no era necesario estar documentado extensamente para saber, y darse cuenta, de que se trataba, otra vez, de la lucha de un pueblo contra un tirano.

Escenas terribles: jóvenes protegiéndose atrás de coches estacionados, intentan cruzar la calle, son alcanzados por el fuego de francotiradores, sus propios compañeros, como pueden, los arrastran, los tratan de llevar a salvo. Las iglesias de la zona, los hoteles convertidos en hospitales improvisados. Los ciudadanos hacen lo que pueden para defenderse: levantan el piso de la plaza par poder tener adoquines y arrojarlos; las mujeres rellenan botellas con gasolina para usarlas contra las fuerzas gubernamentales: un general es destituido porque se niega a aceptar la orden de ir contra la gente; los ciudadanos se ponen cascos, usan escudos, organizan turnos para dormir; velan a sus muertos en la misma plaza.

Después de varios días la presión internacional se hace presente y Yanukóvich deja el puesto. La gente sigue en la plaza, acampando, hasta que sepan cómo se va a conformar el nuevo gobierno. El parlamento ya pidió que La Haya enjuicie al dictador mientras los ucranianos pasean por la mansión privada, recién abandonada por el antes poderoso, que cuenta con campo de golf y zoológico propio.

Pero no hay que ir hasta el otro lado del mundo para saber lo que pasa con los dictadores. En nuestro continente, un iluminado con la mente trastornada hace de las suyas en Venezuela. Es un dictador que dice estupideces sin descanso. Por esas paradojas que solamente se dan en la política, se apellida Maduro. Pero si solamente dijera estupideces el problema no sería de la gravedad que reviste en estos días: el tipo las hace todos los días y juega con vidas.

Algo serio pasa en un país cuando los jóvenes salen a la calle. Es la demanda de un mínimo presente que les permita acceder al futuro. Los jóvenes son baleados, asesinados, por orden del presidente de su país. El gobierno siembra el odio, manda pandilleros en motocicleta a disparar contra los estudiantes. El presidente amenaza a un general que se niega a decir “socialismo o muerte”. El hombre no tiene otro recurso que sacar sus armas y pasearse por la azotea de su casa para defenderse. Los vecinos le aplauden. Un estudiante se lleva en su motocicleta al hospital a una joven reina de belleza a la que le dieron un balazo en la cabeza. Horas después, la joven muere.

Ojalá Maduro siga la suerte de Yanukóvich. Eso depende de la presión internacional. Y de que tengamos todos la conciencia de que no podemos dejar que cosas así sucedan en Ucrania, en Venezuela o en donde sea, porque todos somos parte de este planeta.

http://twitter.com/juanizavala