Autonomía relativa

Sobre incredulidad

Del éxito indudable que fue la captura de El Chapo podemos pasar a dar cuenta de algunas cosas que no salieron como se esperaba. Esta semana el gobierno ha tenido que navegar a contracorriente en términos de información. El propio gobierno dio cuenta de que tuvieron una reunión para saber quién hacía el anuncio de una nota que los estadunidenses ya habían dado unas horas antes. Sin embargo, la imagen de que todo es coordinación y cordialidad no se refleja directamente en los medios. Al final del día, la conferencia de prensa se llevó a cabo en las instalaciones de la Marina para que no quedara duda de quién realizó la captura.

Para quienes conocen las cuestiones de manejo de la información, una nota buena exige el mismo esfuerzo que una nota mala (y viceversa). Sobre todo cuando se tiene una información tan relevante como la captura de un criminal del nivel de El Chapo. Si bien es cierto que al principio se trata de manejar el impacto correctamente —lo que me parece se hizo bien—, lo difícil es la batalla siguiente: la incredulidad general. Ese es el tema a vencer.

Que si es el detenido, que si se parece, que si negoció, que si se entregó. Hacemos de todo un lugar para dudar de las acciones de la autoridad. Es parte de nuestra cultura política —generada en las épocas de oro del PRI— en la que la justicia se hacía a modo del poderoso. Esa herencia de la duda sostenida llevará tiempo para erradicarse. Y ciertamente no es una característica exclusiva de nosotros. Cualquier país que hubiese tenido dictaduras enfrenta el mismo problema. América Latina, en general, lo tiene.

Mario Vargas Llosa escribió hace varios años una novela llamada ¿Quién mató a Palomino Molero? En ella hace aparición, como en varias de sus novelas, el inefable sargento Lituma, que junto con su jefe se hace cargo de la investigación. No importan los datos, la eficiencia de la investigación. Para la población el asesinato fue obra de “los peces gordos”. No hay confesión que valga, prueba que pase la incredulidad de quienes fabrican en su imagen un culpable, un chantaje, una extorsión o una negociación. Es el caso que nos ocupa. Por más que el gobierno se desgañite mostrando estudios periciales de la cara del narcotraficante, habrá un buen sector de la población que dude de que el detenido es el que dicen. Nada vale. Basta ver una foto de uno mismo hace diez años para darse cuenta de que algo ha cambiado, pero el colectivo quiere ver a El Chapo de 1993, no al de ahorita.

A falta de procuraduría, Murillo Karam se ha convertido en vocero de una institución fantasma y, como nadie le pelea nada, lo nombran a él para dar un informe de la detención, pero en las instalaciones de la Marina. Los esfuerzos pueriles por decir que se trata de una operación en la que participaron todos menos “los gringos” tuvieron su revés cuando los medios estadunidenses dieron cuenta de la participación de algunas de sus agencias en la detención. El gobierno, en lugar de decir que comparte información abiertamente con nuestro vecino y más importante socio comercial, dice que solamente ayudaron con elementos para —como dijo Osorio Chong— la “geolocalización” del sujeto. La “geolocalización” puede ser desde conducir el coche hasta abrir la puerta del departamento o dar las coordenadas satelitales, las llamadas telefónicas y un largo etcétera. En su afán de contar una historia bonita, el gobierno parece haber perdido la oportunidad de contar una historia efectiva. Hay triunfos que cuestan trabajo.

juanignacio.zavala@milenio.com

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