Autonomía relativa

De imágenes, palabras y policías suizos

Bien dice el dicho que el político es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Hoy en día podemos decir que también es esclavo de sus fotografías.

En ocasiones las palabras se quedan flotando para regresar cuando uno menos lo espera. Bien dice el dicho que el político es amo de sus silencios y esclavo de sus palabras. Hoy en día podemos decir que también es esclavo de sus fotografías, de las imágenes que necesita para ser popular pero que, con el tiempo, pueden convertirse en un lastre. Es el caso por el que atraviesa López Obrador. Es imposible poder controlar el alud de personas que se pueden aglomerar ante un candidato popular como lo es AMLO. Lo más probable es que en sus giras por Guerrero los demás candidatos y la candidata presidencial se tomaran foto con el contendiente por la alcaldía de Iguala de su propio partido.

Eso cualquiera lo entiende, menos El Peje. Acostumbrado a caminar con el signo del iluminado y el perseguido, Andrés Manuel reaccionó a la defensiva —de la misma manera que Navarrete— y decidió limpiar una imagen que él solito fue ensuciando con sus excusas. A sus negaciones le contestaron con fotos. Andrés Manuel se equivocó. La soberbia del santo siempre lo acompaña. Es parte de su problema. Nadie lo culpaba de las acciones criminales del prófugo alcalde, se dijo que lo apoyó en su candidatura y, seguramente, así fue porque es lo que normalmente hace un candidato en campaña: apoyar a sus compañeros. Pero la mentira, la negativa a reconocer errores propios, hermana a los miembros de la llamada izquierda nacional que no es más que despojos de lo que algún día fue un movimiento libertario.

Otro ejemplo. En su columna en MILENIO del 17 de enero de este año, Ciro Gómez Leyva narró una anécdota que se dio en junio de 2011 en el marco del Consejo Nacional de Seguridad Pública: el flamante gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre (había asumido el cargo en abril), seguramente agobiado por los compromisos adquiridos en aquel encuentro, dijo en petit comité: el Presidente quiere que tengamos una policía como la de Suiza, está bien que lo quiera, pero nuestra realidad es distinta.

Uno puede entender lo que dijo el entonces gobernador Aguirre respecto de vivir en Berna o en Acapulco, pero lo que llama la atención es cómo, desde entonces, Aguirre decidió quedarse con la policía de Guerrero. Un gobierno debe hacer lo que está a su alcance para transformar su realidad no para resignarse a ver como lo aplasta. En el mismo texto, Ciro narra como gobernadores de otros estados instaban a otros a invertirle a la policía “no hay otro camino” dijo el de Nuevo León, preferible tener “un problema de caja” que no poder gobernar. Ciro recuerda que en aquella semana de 2011 “tres de cada cuatro guerrerenses pensaban esta semana que su gobernador estaba rebasado por los criminales”. Eso fue hace tres años.

Los resultados están a la vista. Las palabras de Aguirre a sus colegas sellaban el destino de Guerrero ante la desidia de su gobernador. ¿Era malo desear policías suizos para su estado? ¿Había algún inconveniente al respecto? ¿Se les preguntó a los guerrerenses si les parecía buena idea tener policías que actuaran como los suizos? A saber cuánto tiempo más analizó el gobernador de Guerrero las posibilidades y los costos de invertir en un proyecto a mediano y largo plazo para reemplazar la fuerza pública en su estado. Lo que queda claro con lo que hemos visto en estos días de espanto es lo que decidió: no soñar con Suiza y dejar, por ejemplo, a Iguala y a Cocula con su policía.

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