Autonomía relativa

El gobierno en cine mudo y el cineasta que gobierna

Erigido en comisión organizadora de debates, el cineasta da directrices de cómo se deben llevar a cabo los debates en la nación.

Ayer escuché un comercial de radio en el que anuncian aparatos para problemas auditivos. El anuncio es largo y muy malo. En el transcurso del comercial, el locutor describe el proceso cuando se deja de oír y dice: “Escuchar no es entender”. Concluido el spot, entró el noticiario que reportaba que en su discurso del 5 de mayo, el presidente Enrique Peña dijo que su gobierno sabía escuchar. Resultó inmejorable la coordinación entre anuncio y noticia.

Y es que, en efecto, el gobierno de Peña parece escuchar pero no entender. Es un gobierno acostumbrado a “dar el avión”: a evadir su responsabilidad de informar y de argumentar y, por supuesto, de debatir. La comunicación parece ser el punto débil de este gobierno. El gobierno ha optado por callarse. Curiosa estrategia: el silencio como forma de comunicarse.

Alfonso Cuarón entendió los enormes vacíos comunicativos que deja el gobierno de Peña e hizo gala de una comunicación impecable. Sin la frivolidad ramplona y la petulancia que le caracteriza al opinar de política, por ejemplo, a Diego Luna, Cuarón irrumpió en la escena pública con unas preguntas sencillas y precisas al presidente Peña. Las interrogantes colmaron los noticiarios y el gobierno no tuvo de otra más que elaborar una respuesta que le permitiera salir airoso del reto.

Investido en la personificación misma del Congreso de la Unión, el cineasta acusa respuesta del señor Presidente y le pide que organice debates públicos, pues le parece que lo que se ha discutido ha sido muy “pobre”. En esto tiene razón don Alfonso. El debate público en este país es de una pobreza pavorosa. Pero debemos admitir que el tema energético es de los pocos que han tenido una discusión extensa los últimos diez años. Por supuesto se entiende que Cuarón no estuviera al tanto de los debates. Muy probablemente estaba pavimentando el camino de su rotundo éxito que ha sorprendido, literalmente, en todo el mundo. Claro que mientras más se acerca la hora de la aprobación, las discusiones tienen más relevancia. Es claro que hay puntos encontrados entre quienes ven la propuesta como si se estuviera “vendiendo al país” y otros como la única posibilidad del momento, que indica que si no se empieza ya con la inversión privada en energía, el país quedará rezagado. Al parecer el único que va ganado en el primer punto de vista es… Alfonso Cuarón.

Erigido en comisión organizadora de debates, el cineasta da directrices de cómo se deben llevar a cabo éstos en la nación. Cierto que no solamente se deben dar en el Congreso, en muchas ocasiones son aburridos, los menos profundos y los más insustanciales. Pero, aun así, en esas instalaciones se han llevado a cabo foros con especialistas de primer nivel. Pero Cuarón dice que deben ser al menos tres en horario prime y con cobertura amplia (es decir, lo que debe salir en las noticias). Pero no solo eso, Cuarón dice que sean debates en los que se “prohíba leer a los participantes”.

Leer en un foro o intercambio no tiene nada de malo. No todo el mundo tiene facilidad de palabra. La aportación de un académico puede ser su ponencia leída y ser efectiva y profunda, muy lejos de alguien que puede soltar con naturalidad un discurso demagógico y faciloide. De hecho vi una entrevista con Cuarón en la que le preguntaban sobre sus desplegados y yo le sugeriría que mejor leyera. En fin, que aquí es donde los extremos se tocan: a Peña no le gusta leer y a Cuarón le gusta pero lo quiere prohibir. Dejen la lectura en paz. ¿O sería mucho pedir?

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