Autonomía relativa

De ganar y perder

El margen de su victoria fue lo suficientemente amplio como para no negociar nada. Madero puede sentirse seguro con un pensamiento similar al de "agradezcan que no los expulso".

Mucho se dice que de las derrotas se aprende, que son formativas, propician la reflexión y dejan enseñanzas para toda la vida. Eso es cierto, pero siempre es mejor ganar. Se aprende más y se disfruta más. Nada como ganar.

Como es de todos conocido, en las elecciones panistas del pasado domingo el triunfo correspondió a Gustavo Madero y sus secuaces. Ni hablar. Ganó con las reglas que puso el partido y con los usos y costumbres, que de un tiempo a la fecha, se practican en el PAN. Los perdedores se retiraron de la plaza con el anuncio de que no llevarían a pleito la contienda. La aceptación es el único recurso razonable del que pierde; lo otro es berrinche. A la aceptación de la derrota se le adjetiva la dignidad, la nobleza y la generosidad, aunque no necesariamente las contenga.

El ganador toma todo, dice el refrán. Y creo que así debe ser. El propio Madero ha dicho que se trata de una “nueva época” en el PAN. Se refiere, en concreto, al término de un periodo en el que destacaron, de alguna u otra manera, los llamados calderonistas. Esa declaración de Madero aclara de qué se trató su campaña: de poner fin a la influencia calderonista en el partido. Y ganó con margen suficiente.

Puedo entender que del lado de la derrota se pida inclusión y generosidad, pero nada obliga al ganador a serlo. El margen de su victoria fue lo suficientemente amplio como para no negociar nada. Madero puede sentirse seguro con un pensamiento similar al de agradezcan que no los expulso. La decisión está en su voluntad y en sus planes y proyectos. Una nueva época como la que anuncia en realidad es una manera diferente de hacer las cosas, con otras personas y favoreciendo grupos diversos al que ha sido dominante hasta hace un par de años. Tiene todo el derecho de hacerlo y creo que parte de su supervivencia radicará en eso. A lo mejor por esa razón no ha llamado al candidato perdedor a más de 48 horas de terminada la contienda. Por si alguien se preguntaba si el odio fue un componente en la campaña.

Hay muchos cuestionamientos a los colaboradores cercanos de Madero. La verdad, guste o no, es que ganó porque la mayoría de los panistas votó por él a sabiendas de que se rodea de impresentables que corrompen al partido y viven en el cuestionamiento público, y de profesionales del fracaso como Marco Adame —obispo del Yunque que, paradójicamente, prefiere moverse en las tinieblas—, el troglodita del gobernador Rafael Moreno Valle o de Santiago Creel, personificación de la bonhomía y la candidez, a quien no se le puede encargar una bicicleta. Ellos son bien conocidos por los panistas y fueron votados en conjunto con su jefe. Los panistas saben del poder de su voto y lo decidieron así. Por eso llamados como el de Vázquez Mota —que en el más ramplón de los arribismos se presentó a la hora de la victoria para salir en primer lugar de la foto, sin apoyar nunca a ninguno de los candidatos—, pueden no significar nada para Madero. Los militantes se definieron, Josefina sigue en la indefinición y eso, en política, tiene costos inevitables.

Lo cierto es que es un nuevo periodo para Madero. Y él y solamente él, será responsable del resultado de las elecciones el año que entra. La “nueva época” ya no aceptará las culpas del pasado. Seguramente ya hizo toda clase de compromisos para ganar y no podrá, o no querrá hacer más. La victoria solo le obliga a rendir buenas cuentas a los panistas y nada más. Quizá en eso estriba su primera decisión. A lo demás nada le obliga.

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