Autonomía relativa

¿A quién escuchan?

Lo escribió en estas páginas el sábado Juan Gabriel Valencia: “No quiero volver a ver al Presidente de México, en televisión, acomodando la Bandera y el mobiliario en un templete”. Tiene razón. Esa imagen en televisión o en foto es reveladora del momento que se vive en la Presidencia del país. Hay un descontrol, nada sale bien, no pueden ni poner una bandera y un banquito: lo tiene que arreglar el Presidente. Lo mismo pasó con el asunto de la casa blanca. Aunque ahí trataron de que lo arreglara la esposa del Presidente. Así las cosas en la oficina presidencial.

En su texto, Valencia se pregunta por el proceso de toma de decisiones en la Presidencia. ¿Quiénes le hablan, escriben, aconsejan e informan al Presidente? Porque, en efecto, el desarrollo, los pasos para llegar a la decisión, no es algo que haga solo. Por eso la interrogante sobre el staff presidencial, porque iniciden en las decisiones que afectan al país. La idea de que un grupito, con limitaciones, tiene cercado al Presidente está en todos lados. “México —subraya Valencia— es una potencia mundial, no es Toluca”.

Esos sujetos, ¿a quién escuchan? Entre ellos no se han de hablar mucho. Pero si no se hablan entre sí, a alguien tienen que escuchar. Y el Presidente a alguien más que a su equipo debe de escuchar. La soledad del Presidente es la de estar rodeado solamente de su equipo, escuchando a las mismas personas todo el tiempo. Personas que tienen sus filias y fobias, intereses y visión de los problemas. En eso consiste su soledad.

¿A quién escuchan el Presidente y su gente? ¿Con quién se reúnen y platican la situación, las salidas a los problemas? ¿Con quién evalúan las acciones que han tomado? Me refiero a personas que no estén en los círculos de trabajo, sino que estén afuera, que vean las cosas desde otra perspectiva y lleven ésta al Presidente. Los círculos cercanos pueden convertise en círculos viciosos de los que ya no se sale. El pleito porque nadie más se acerque al Presidente con alguna idea diferente es una batalla que sus cercanos dan todos los días. Pasa con todos los presidentes, pero algunos logran romperlo ocasionalmente y se dan cuenta de que también hay que protegerse de los propios.

Por lo pronto, parece que no escuchan a nadie y que el Presidente no tiene quien le ayude. Ni a poner una bandera.

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