Autonomía relativa

La elección del PAN

El domingo el PAN elegirá a Ricardo Anaya como presidente de ese instituto político. Probablemente, ganará de manera aplastante. Javier Corral, promotor de ese engendro de manera de elección, será apabullado por su propia propuesta. Ahora señala corrupción y trampas electorales. Primero las fomenta y después las denuncia. Su derrota es más que merecida. No puede cosechar simpatías quien reparte odio. No se puede ser guía desde el desprecio a los demás. Sumido en el rechazo permanente, acusará traición de quienes él mismo encubrió —como Madero— y será capaz de ir corriendo a pedir ayuda y defensa —lo hizo para lograr su senaduría— a Diego Fernández de Cevallos, hombre al que no se cansó de denostar y señalar públicamente, para terminar arrastrándose a las puertas de su despacho a implorar ayuda. Hombre de mente ágil, ha quedado convertido en un merolico de sí mismo, al que es imposible apoyar si no se tiene rencor. Nada aprenderá de la derrota. Hará de ella un abrevadero más de su discordia con el mundo, de su afrenta con la vida.

Ricardo Anaya es brillante y talentoso. Sin embargo, ha hecho de la falta de definición algo personal. Casi nadie sabe a qué atenerse con él. Político inasible, político que no es confiable. Le falta definirse, le da pavor el qué dirán. Tiene puntos que hacen levantar la ceja: su estancia en la cloaca maderista, sin un deslinde de nadie, es indefendible. Él hace lo posible por desmarcarse, sin que se note mucho, de quienes se dicen sus mentores, pero será imposible vivir así. La encuesta de Reforma le da 70% de los votos; de triunfar así, puede hacer a un lado a todos y reformular su presidencia y sus aliados. Por eso, tendrá que soltar algunos fardos de los que se ha hecho en el camino para quedar bien con quién sabe quién como lo son varios miembros de su planilla. Santiago Creel, héroe de 10 mil derrotas, no puede más que aportar su indolencia; Vázquez Mota, presta para aparecerse sonriente en cualquier foto sin decir nada, porque le da miedo que el gobierno se enoje con ella a saber por qué, aportará su sonrisa congelada; y un individuo como Ruffo, incapaz de hilar dos frases seguidas y que es lo suficientemente estúpido para decir que hace cinco años no habla con Padrés. Por eso el partido no puede funcionar: el senador se enorgullece de no hablar con el gobernador de su partido.

Anaya llega en buen momento. El de enfrentarse a un PRI viejo, lleno de mañas, que no tiene de otra más que asumirse como tal y proclamar líder a Manlio. Mucho puede hacer para contrastar partidos y liderazgos y ahí puede ganar el panista.

Ojalá el triunfo de Anaya le dé un respiro a su partido. Su historia se lo merece y el país merece también una oposición seria. A ver qué hace con su triunfo.

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