Autonomía relativa

En defensa de la opinión propia

Lo que opino es a título personal. Negarle autenticidad a la opinión o al trabajo de alguien en función de un parentesco es un prejuicio de mentes obnubiladas. No represento a ninguna persona, ni grupo, ni candidato.

En los últimos días leo y escucho, no es novedad que mis opiniones tienen origen en Felipe Calderón. Jamás he negado, ni lo haré, no solo mi relación de amistad con él y parentesco, sino lo mucho que le debo en mi carrera. Pero de ahí a negarme la posibilidad de pensar y opinar lo que considero o se me ocurre hay una gran distancia. Para aquellos que me niegan esa posibilidad son estas líneas.

He pasado buena parte de mi vida en el PAN. Le debo al partido no solamente mi formación en política, sino también un buen porcentaje de lo que soy. Aprendí política de varios de los grandes personajes del partido y tuve la oportunidad de ser testigo y, en ocasiones, actor en diversos acontecimientos de la vida pública.

No he sido diputado ni consejero nacional, ni he tenido cargo alguno para el que no fuera llamado. Jamás grillé para obtener un puesto. No me interesa ser consejero, por ejemplo, porque mi hermana Margarita lo es y, aunque es natural aquí y en todos lados que miembros de una familia participen en el mismo partido político por comunión de principios, valores e intereses, no veo por qué deban ocupar posiciones en todas las áreas de ese instituto.

Como militante y como miembro de mi generación pertenecí a un grupo político: el de Felipe Calderón, experiencia plena de orgullo y satisfacción. Desde la organización juvenil, hasta que llegó a la Presidencia de la República. Fue un líder político para nosotros y con él, y en mucho gracias a él, a su olfato político, a su visión y tesón es que logramos conquistar los retos asumidos. El calderonismo se brincó una generación  y ese pecado se le cobra ahora con creces, revanchas y veneno. Nadie se debe sorprender, la política es así: el que sube, baja, y si insiste en quedarse, pues lo bajan.

Ya lo he comentado en este espacio: considero que el calderonismo acabó el primero de diciembre de 2012. Y lo creo por varias razones, una de ellas porque no hay otro reto que, como grupo, podamos enfrentar con el mismo ahínco, unidad y disposición con las que se alcanzaron los anteriores. Además porque ya no somos los que éramos —en todos sentidos—, el poder desgasta todo, también las relaciones.

Considero que la política es, entre otras cosas, un asunto de plazos, de años. Pero hay quienes, legítimamente, tienen prisa. En lo personal, mis batallas partidistas han terminado por el momento. Seguiré siendo militante, pero no buscaré en el partido ningún cargo para 2015 ni me interesa puesto alguno en la dirigencia. Soy un consultor en comunicación y política, a eso me dedico con profesionalismo. También, como lo hago aquí en MILENIO dos veces a la semana y en otros medios electrónicos, doy mi opinión como analista de la política nacional. Esto, por supuesto desde mi perspectiva, la de una persona con ideología, con partido y con cabeza propia. Tengo preferencias políticas que no oculto, lo que da más claridad a quien me lee, o escucha. Creo en las definiciones. Hay quien se siente más cómodo en el rechazo a los partidos y la preferencia por las personas. Siempre se habla desde algún lado: el de un apoyo o un rechazo, una experiencia, una idea de la sociedad y de la política. La objetividad corresponde a otras áreas, no a la opinión. Mis amigos y compañeros de viaje en política ni comparten ni suscriben todo lo que pienso y digo. Y viceversa.

Lo que opino es a título personal. Negarle autenticidad a la opinión o al trabajo de alguien en función de un parentesco es un prejuicio de mentes obnubiladas. No represento a ninguna persona, ni grupo, ni candidato. Pero eso no me quita el derecho a opinar sobre el partido, los candidatos, el gobierno, la vida pública, lo que pasa en nuestro país o sobre el tema que considere pertinente emitir mi opinión. Nadie me la dicta y a nadie le pido permiso. 

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