Autonomía relativa

La decadencia plurinominal

Durante años defendí las candidaturas plurinominales. Tenían un lado positivo. A pesar de no ser electos directamente permitían, en momentos del régimen de partido único, contar con una representación de los partidos de oposición. Los partidos mandaban a esas listas a personajes notables por sus ideas, capacidad de trabajo, despliegue oratorio, facilidad y contundencia en el debate.

Grandes personajes, por ejemplo del PAN, que dieron formidables batallas con extraordinarios discursos, llegaron por la vía plurinominal. La izquierda también mandaba a sus militantes más valiosos y significativos, y el propio PRI garantizaba tener quién le diera batalla discursiva a los opositores.

Otra de las ventajas es que permitían la llegada de personas de gran talento y capacidad pero cuya simpatía popular no alcanzaba votos por cuestiones de personalidad. Así, un gran tribuno, un experto constitucionalista, un agudo fiscalista, un temido polemista, tenían espacio en la cámara. No era sorpresa que un solo legislador de oposición metiera en aprietos a toda la legislatura del PRI (panistas o el propio Porfirio Muñoz Ledo).

Las listas plurinominales que han elaborado los partidos son una pena. Están llenas de favores, de pagos de cuotas. En el PAN, la lista es el monumento al asistente y al mapache electoral interno. En el PRD, la lista combina el control de la estructura con la delincuencia común. En el PRI, una turbia mezcla de frivolidad y corporativismo.

Pocas cosas hablan tanto de nuestros partidos políticos como las listas que se han dado a conocer. Así como en su momento la presentación de esos candidatos hablaba del potencial de los partidos en diversos rubros, hoy habla de sus miserias. No quiero decir que toda la gente que llegue por esa vía no tenga valor propio. Simplemente creo que es una herramienta que se echó a perder por poner los intereses de los líderes partidistas por encima de todo.

Otra cosa que es clara con la publicación de las listas es lo que se premia en los partidos: no el talento, no la idea, no la capacidad, ni siquiera el cariño a la institución. Se premia la grisura, el no alzar la cabeza, garantizar la disciplina, tener voto pero no voz. Un paso más en la carrera de la degradación que nuestros partidos han decidido emprender.

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