Autonomía relativa

Sin conflicto, puro interés

El escándalo de la semana corrió a cargo de la diputada Purificación Carpinteyro. No era la diputada un personaje oscuro ni nada por el estilo. Al contrario, se ufanaba de ser una suerte de paladina de la justicia que señalaba con su dedo flamígero a quienes consideraba traidores a las mejores causas de México (es decir, las que ella enarbolaba) y quienes habían sido comprados por esos temidos poderes del más allá que son los poderes fácticos.

Doña Puri gozaba de buena prensa, era vista con buenos ojos por las conciencias de la libertad y del “pueblo bueno”. Era una representante popular que sabía luchar contra esa encarnación del mal que es Televisa. En su nombre llevaba su misión: ella purificaría la vida pública. Pero como suele suceder con los personajes de cómic que son heroínas, encontró su némesis, su kriptonita, el veneno que acabaría con su lucha y la arrojaría al fango de la corrupción, de la maldad, a ese hoyo negro que dice a la entrada “acabó siendo como los demás”.

¿Quién es ese terrible enemigo de la diputada Carpinteyro que acabó con su carrera? Pues ella misma. Nadie imaginó que ante todos, ella se lanzara por el precipicio turbio del negocio y la política. Si el audio que se dio a conocer fue una sorpresa, la respuesta de Puri lo fue más aún. Y todos vimos cómo se hundía en un pantano al que ella solita se aventó. Ni sus amigos en los medios la podían ayudar, no había manera: ella había decidido hundirse con una defensa cuyo eje rector iba en dos caminos: sí lo hice y qué tiene de malo o los demás también lo hacen, ¿por qué la agarran conmigo? No se puede llegar muy lejos de esa manera.

Hay una escuela práctica de la política que ha tenido varios alumnos destacados, no sabía que doña Puri había pasado por esas aulas: es la escuela del NO HAY CONFLICTO. En nada, para nada, de ninguna manera. Y si te sorprenden: no te escondas; da la cara y di que no hay conflicto de interés; que te digan qué ley violaste. Hay quienes han hecho su vida pública con esas banderas. Se les reconoce además como inteligentes y talentosos. Y cínicos. No tienen conflicto porque tienen puro interés.

Bueno, pues a la diputada no le salió. Escucharla defenderse era darse cuenta de cómo tenía torcidos varios conceptos básicos de la política o por lo menos de la clase de política que ella se enorgullecía de ser. Creo que la diputada era una buena legisladora y tenía conocimientos para desenvolverse en diversos temas de complejidades técnicas. Creo también que, al haber trabajado en muchas de las empresas del sector para el cual quiere reformar la ley, tenía un punto de posible conflicto de interés, que podía saldar con su solvencia técnica. No me equivoco si digo que la señora ha de haber sido de los cinco miembros del Congreso que más sabían del tema. La soberbia no es buena consejera. Lo que ella veía como defecto en los demás en sí misma lo veía como virtud. Arribó a las páginas editoriales de un periódico en cuya columna recetaba latinismos y advertía a los malos que su fin estaba cerca. El periódico no dudó en quitarle la columna de manera inmediata una vez iniciada la defenestración y descubierta su vocación por el negocio —que siempre la ha tenido, basta ver su currículum para darse cuenta de que su incursión en la vida política es desde hace pocos años—. Por lo pronto, más que la lotería, a Puri le tocaron las tazas locas. Señalar que hay quienes tienen posible conflicto no la exime de absolutamente de nada, solo la exhibe más.

Ahora todo se le ha volteado en contra. Ésa es la vida política. Te sube y te baja, pero siempre te sacude. Y siempre hay un mínimo que puede establecerse de decencia en la vida pública, pero ella no supo encontrarlo.

juanignacio.zavala@milenio.com

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