Autonomía relativa

Los buenos y los malos

Carlos Castillo Peraza tenía una tesis que decía que el muralismo mexicano se había convertido en un sistema educativo en el cual aprendimos, desde niños, a ver buenos y malos, vencedores y vencidos. Sin importar que ambos fueran mexicanos, en las paredes quedaba en claro quién es el héroe y quién el villano. Por lo tanto nuestra vida política giraba en ese sentido: los villanos eran los que la versión oficial había expulsado de la historia. La transición democrática, de alguna manera, ayudó a matizar esa versión, aunque claro, pasó a todos los malos al PRI.

Debemos aceptar que, en términos narrativos, nada más sencillo que simplificar de esa manera: lo blanco y lo negro, el bueno y el malo, el héroe y el villano. De eso está llena la literatura, el cine y, por supuesto, el discurso político. Lo que me llama la atención es que en nuestro país, la propia comentocracia, los llamados “círculos de opinión” —periodistas, académicos e intelectuales— y la clase política participan activamente de esta manera de ver las cosas, sin tonos ni matices. Tiene que haber un bueno y un malo. Los monopolios o duopolios —que son malos por definición— tienen su bueno y su malo; tenemos guerrilla mala y guerrilla buena; grupos fuera de la ley buenos y malos; artistas y deportistas buenos y malos dependiendo su filiación política o su participación en el interés nacional. No hay medias tintas. Ejemplos:

Telmex es bueno, Televisa es mala. Por lo tanto Slim es bueno y Azcárraga malo. Sin importar que ambos controlen sus respectivos mercados.

López Dóriga y Loret son malos, son vendidos. Aristegui es buena e íntegra, la quiere el pueblo de verdad, no el que se embrutece (ése no cuenta). Claro, unos están con Televisa y ella con Slim. Los malos con los malos y los buenos con los buenos.

El doctor Mireles es malo, porque no le hace caso al gobierno. Papá Pitufo es bueno, porque sí le hace caso al gobierno. Sin embargo, ambos portan armas y están en la ilegalidad.

Peña es malo, pero el Peje es bueno, humilde y sencillo y así son los buenos, los que valen la pena.

Los que tienen dinero son malos, porque lo tienen; los que son buenos lo son, porque no lo tienen.

Los que tienen ambiciones son malos; los que no quieren nada son buenos.

Lucero es mala, es de Televisa. Daniel Giménez Cacho es bueno. Es de izquierda, es radical y apoya al Peje, que también es bueno. Giménez Cacho aparece a cada rato anunciando Sky, que es de Televisa, pero no importa, él es bueno.

Los ciudadanos son buenos y nobles, los políticos son malos y corruptos, no son como los ciudadanos.

Los mexicanos somos buenos, los extranjeros son malos y nos quieren quitar el petróleo y nuestro dinero.

Carlos Vela es malo. No quiere jugar en la selección, ¿qué le pasa?, ¿no le interesa el país? Ese egoísta no merece ser mexicano, porque es malo. En cambio El Piojo y Gio son buenos, porque quieren a su selección.

Y así, entre buenos y malos, ponemos culpas y levantamos condenas. Por eso luego llegan las sorpresas cuando nos enteramos de que el bueno, en realidad, era malo.  

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