Autonomía relativa

¿Van a seguir así?

Algo no funciona adentro del gobierno. Y eso que no funciona puede ser su propio modelo de organización. Quizá la concentración de funciones en algunas áreas y la duplicidad en otras ya hicieron corto circuito.

Es innegable que el gobierno atraviesa por una crisis. Se entiende que la nieguen, aceptarla sería ahondarla más, pero uno supone que trabajan en ella. Aunque con este gobierno uno supone mal. Cuando todos dicen que hay problemas, ellos los niegan; cuando todos esperan que hablen, se callan; cuando hablan, no dicen nada, y cuando uno espera sensatez de su parte se aparecen en un circo; cuando debieran aparecer como equipo, abandonan a algún individuo y cualquier logro individual es confiscado inmediatamente.

El grueso de los miembros del gabinete es absolutamente desconocido. No hablemos de los subsecretarios que, salvo algunos casos clave, ni los reporteros pueden reconocer. Es el anonimato como forma de salvación política. En eso parecen panistas. Parece que para el propio gobierno no existen. Solamente hay Presidente, tres secretarios y un procurador. Los demás algo administran. De ahí las críticas a la pasividad o al pasmo que proyecta el gobierno ante los eventos que se presentan fuera de su escenario, de su agenda y hasta, según se puede apreciar, de su comprensión. Por eso en los últimos días se percibe que el presidente Peña está solo y abatido, que su equipo está derrumbado, peleado o quizá ninguna de las dos y, simplemente, está escondido.

Algo no funciona  adentro del gobierno. Y eso que no funciona puede ser su propio modelo de organización. Quizá la concentración de funciones en algunas áreas y la duplicidad en otras ya hicieron corto circuito. Por ejemplo, en el caso de la Segob, es evidente que al absorber todas las funciones de política interior tiene un tramo de control enorme, seguramente el más grande del mundo en una secretaría o ministerio del interior. Algún día le va a tronar todo. En esta ocasión le tocó a Murillo el papel de la catástrofe, pero no aguanta dos. ¿No sería más fácil dividir responsabilidades y exigir en consecuencia? ¿Por qué en lugar de ocho fusibles prefieren tener tres?

Tienen, como cada quien, su estilo, su sello de gobernar que hasta hace poco fue considerado muy exitoso. Ahora Ayotzinapa y Tlatlaya han reventado por todos lados y la estrategia parece ser el escondrijo y el silencio. Llama la atención que el vocero presidencial aparezca de manera tan eventual y ni siquiera acompañe al Presidente. Como sale tan poco nos dice cosas como que “la casa de al lado era del vecino”. Y es que la comunicación presidencial tiene dos oficinas, dos cabezas, dos presupuestos: la del vocero y la del director de comunicación. ¿Cómo deciden ahí? A lo mejor por eso uno no habla y el otro habla poco. Quizá por eso el vocero declaró que todavía es “demasiado pronto” para saber si se había afectado la imagen internacional con lo sucedido en Iguala. Posiblemente no le han pasado de la otra oficina los periódicos de octubre.

Atrás quedó el jolgorio en que se les aplaudió el oficio, “el arribo a la modernidad”. Ahora es el juego de la papa caliente. No otra cosa es el intento del titular de SCT de sacudirse la responsabilidad de cancelarle el contrato a los chinos. El problema es que le echó la responsabilidad a su jefe y su jefe es el Presidente. Ahora bien, ¿quién va a pagar la indemnización a los chinos? Porque no es cualquier cantidad. ¿No hay ningún responsable?

Las cosas no parecen sencillas para el país. El problema es si en el gobierno piensan continuar con sus ideas fijas. Porque algo o a alguien tiene que cambiar, digo, aunque sea para dar la impresión de que saben que están en un momento diferente y que la fiesta se acabó, ¿o van a seguir así?

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