Autonomía relativa

Tamaulipas

La política en Tamaulipas ha fallado terriblemente. No es de extrañarse que en los lugares en que campea la violencia la política sea un desastre.

A todos debiera preocupar lo que sucede en Tamaulipas. Desde hace años es una entidad en la que la vida se ha vuelto más que complicada para sus habitantes. El crimen organizado asuela poblaciones enteras sin importar lo rural o lo urbano. Las noticias que llegan de ese estado son de masacres, balaceras en centros comerciales o avenidas importantes de las ciudades, poblaciones abandonadas, tiroteos, muertos, sangre.

Desde hace semanas la información tamaulipeca ha vuelto, tristemente, a los primeros turnos noticiosos. Videos de ciudadanos atrapados en fuego cruzado, policías detenidos por vínculos con el crimen, un jefe policiaco ejecutado al ser abandonado por sus compañeros en una emboscada —al menos esa es la información pública hasta ahora—; el rumor de que el jefe de escoltas del gobernador había sido detenido… de todo pasa y todo se cree respecto de lo que sucede allá.

La situación es tal, y lleva tanto tiempo, que ciudadanos desesperados marcharon hace unos días exigiendo que se hiciera algo en la entidad para tratar de arreglar las condiciones de vida, por lo menos que puedan tener cierta certidumbre al salir a la calle a alguna hora del día. En varias poblaciones, según dicen los relatos, ya no se sale antes de que oscurezca, los ciudadanos deben, literalmente, refugiarse en sus casas. Hace tiempo comenté en este mismo espacio lo que algún tamaulipeco me comentó respecto de los grupos de autodefensa en Michoacán: “por lo menos ellos se quedaron a defender sus tierras. Nosotros huimos, dejamos los ranchos, las casas, era imposible pensar en defenderse”. Y es que de allá llegan las notas de que encuentran decenas de ejecutados en un terreno, o en fosas comunes. Es el horror.

Si bien es cierto que el crimen organizado no se detiene ante el orden institucional, también lo es que la política debe servir a los ciudadanos como la única herramienta legítima para protegerse de la criminalidad y restablecer condiciones mínimas para vivir en paz. Pero la política en Tamaulipas ha fallado terriblemente. No es de extrañarse que en los lugares en que campea la violencia la política sea un desastre. Desde hace varios años existen rumores muy extendidos sobre la vinculación de diversos gobernadores con criminales y su participación, cuando menos, en operaciones de lavado de dinero. Mientras los rumores crecían, la situación se volvía incontrolable. Así, hasta que mataron al candidato del PRI en las pasadas elecciones.

A toro pasado, la designación del hermano del asesinado como candidato, para quedar de gobernador, fue la acertada en términos electorales, pues apeló a los sentimientos del electorado. Pero parece ser que no fue muy acertada en términos prácticos. El gobernador tamaulipeco vive escondido. Y se entiende. Podemos imaginar que tenía un qué decidir entre dos vías: o le pasaba lo que a su hermano o mejor se hacía de la vista gorda para poder estar tranquilo en sus años de gobierno y los que le siguen.

Hasta la semana pasada, el gobierno local y las autoridades federales, ambas priistas, negaban una situación de urgencia en el estado. La información los ha rebasado —como sucede siempre en estos días en los que se quiere imponer el control “a la antigüita”— y se debe de aceptar que no es solo Michoacán el que está en problemas, es muy probable que Tamaulipas esté peor y ahí el gobierno no encontrará un Papá Pitufo o un Mireles para dialogar al principio (aunque después los metan a la cárcel).

Uno no puede más que hacer votos para que la estrategia presentada ayer por el secretario Miguel Ángel Osorio Chong sea de utilidad para que regrese algo de civilización a Tamaulipas y sus ciudadanos puedan recuperar la paz. Se lo merecen.

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