Autonomía relativa

Saldos energéticos

El resultado final de esta semana no es solamente el haber logrado una reforma pospuesta por más de una década, es la muestra de que la política sirve para generar bien común, que es un vaso comunicante entre las diferentes formas de pensar y que, en las grandes decisiones, quien cree que una pancarta es un argumento irrebatible se queda atrás.

Es innegable que tener un marco moderno en el ámbito energético es un punto a favor del presidente Peña. Aunque haya trampeado su propuesta para coquetear con la izquierda, finalmente se decidió por la modernización del sector. No debió ser fácil para el Presidente y su equipo convencer a destacados miembros de su partido de aceptar una propuesta que trastoca el discurso rancio de ese instituto y de esos personajes. El Presidente recurrió a la disciplina de su partido y funcionó. Tiene ahora el reconocimiento de propios y extraños. Esto debe dejar en claro que la disciplina partidista no solo es obediencia ciega, sino instrumento para la consecución de logros comunes.

Peña tuvo un logro de gran dimensión y se le debe reconocer. En política reconocer victorias y logros no hace menos a nadie; al contrario, permite salirse de ese mundo perverso de buenos y malos. Pero no dejemos a un lado lo costoso que ha sido en los años pasados el contar con una oposición mezquina y ratonera. Si Beltrones y Gamboa cantan las loas de la reforma de hoy en día, con un poco de vergüenza, deben pensar en el costo que significó para el país sus absurdas negativas en el pasado reciente para aprobar una ley similar.También es claro que en el PRI no solamente están los coordinadores arriba mencionados. Fue evidente el trabajo destacable del senador David Penchyna para sacar adelante una reforma moderna, que tenía más el corte panista que el de su propio partido. No ha de haber sido fácil convencer a sus compañeros. Y aguantar la embestida.

El PAN, por su parte, sale adelante en que ganó su propuesta. No es poca cosa si se toma en cuenta que viene cargando desde hace más de diez años con la oferta de hacerla y no tuvo posibilidad de lograrla. Caro le salió habérsela negado a Zedillo. El partido en su conjunto salió de manera coherente y tiene razones para sentirse satisfecho, pues pudo colocar esquemas que el priismo rechazaba de manera abierta. El PAN supo jugar con sus votos y le salió bien. Por supuesto nunca falta la nota discordante. En esta ocasión, como es costumbre, cayó en manos del líder de la fracción perredista en el PAN, Javier Corral, que acompañado del limítrofe de Ruffo y algunos otros votó en contra para poder salir en una foto en La Jornada.

Hay consenso en que la parte perdedora de toda la discusión es la vapuleada izquierda mexicana. Desde la penosa imagen de Camacho con su iPad retransmitiendo el discurso de Lázaro Cárdenas —no sabemos si eso es lo que el general hubiera querido— en la tribuna hasta el diputado que se desvistió como muestra física del patetismo discursivo de ese partido y algunas personas que se reunieron afuera del recinto legislativo, parece que a la izquierda mexicana, paradójicamente, se le acabó el gas. La izquierda nacional se mueve entre los hospitales y el circo decadente. León Krauze decía ayer en estas páginas que se sentía huérfano político, porque es un votante natural de la izquierda, pero no tiene opciones políticas viables. Ya le estoy viendo a León la cara de centroderecha, a menos que se decida a apoyar a la golpeadora Karen Quiroga y a la carretonera de Layda Sansores. Todo lo demás se reduce a tres pancartas y dos consignas. Así quedó la izquierda.

juanignacio.zavala@milenio.com

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