Autonomía relativa

Reacciones: tarde y mal

Llevamos casi dos meses en que cada semana entramos a una nueva sesión de escándalo con buenas dosis de violencia.

El escándalo persigue al gobierno. Sumido en una crisis de eventos a los que no ha sabido reaccionar, el gobierno peñista parece pasmado. De un escándalo se brinca a otro y la reacción es la inmovilidad y el silencio. Las salidas a tratar de explicar algo por parte de los voceros gubernamentales han logrado el efecto contrario: ahondar las crisis, multiplicar los problemas.

La figura del presidente Peña, junto con la de su gobierno, se ha devaluado de manera acelerada desde los acontecimientos en Iguala. De ser un gobierno que proyectaba agilidad en las decisiones, oficio en el desarrollo de las tareas y vocación modernizadora, ha mostrado ser un gobierno insensible, incapaz de aceptar la realidad, que esconde sus omisiones, poco solidario entre sí, rebasado por los sucesos cotidianos y, subrayadamente, encubridor de la impunidad y la corrupción.

Generalizar tiene su margen de error, pero en esta ocasión no parece ser el caso. Quien no está enojado, está asustado y muchos experimentan mezcladas ambas sensaciones. A la estupefacción de lo sucedido en Guerrero se le coronó con el famoso “ya me cansé”. A la detención de los Abarca se le suma el desastre del PRD aventándose la bolita. A la cancelación de un concurso por supuestas quejas de transparencia, se le suma un escándalo de corrupción de primer nivel. Llevamos casi dos meses en que cada semana entramos a una nueva sesión de escándalo con buenas dosis de violencia.

En medio de la crispación, provocadores de siempre desatan el vandalismo. Los medios no quieren salirse de la foto, de la imagen. Buscan la relevancia en el vidrio reventado, en la puerta incendiada y no en las decenas de miles que marchan pacíficamente. Pero la imagen es lo de nuestros días. Pero los verdaderamente enojados o asustados no incendian nada. Que no avienten bombas molotov no significa que marchen por cuestiones que les parecen graciosas, lo hacen por elemental solidaridad y sentido de la justicia.

Tarde pero ha llegado la respuesta oficial a esas manifestaciones en voz del Presidente: protestas que no está claro su objetivo, pareciera que respondieran a un interés de generar desestabilización… También dijo que pareciera que algunas voces, unidas a esta violencia y a esta protesta… estuvieran contra el “proyecto de Nación” que él abandera. ¿Quién pone al Presidente a decir que las cosas “parecieran” esto o lo otro? ¿Parecen o son? Porque entre una y otra hay una diferencia que puede ser de altísima gravedad. Que existan grupos que no estén de acuerdo con el gobierno es natural en cualquier democracia —de hecho, cada vez somos más—, pero grupos que buscan desestabilizar es diferente y, al contrario del disenso que debe celebrarse en una democracia, resulta delicado.

Culpar a los vándalos puede tener la intención de quitar las imágenes de violencia callejera, que en nada contribuyen a un país nuevamente azorado por la acción de la demencia criminal y sus vínculos con el poder político. Pero eso no ayudará en nada a las investigaciones de Iguala, ni a la podredumbre política, ni al escándalo de corrupción y conflicto de interés que ahora merodea a la figura presidencial. A menos que en el gobierno crean que los únicos que se manifiestan son los que queman autobuses.

Ante un clima de opinión adverso, de irritabilidad social y de cuestionamiento permanente, el Presidente debe mostrar algún tipo de reacción diferente al enojo. Desestabilizar no es una buena palabra para el Presidente. Mucho menos en un escenario más que difícil para un gobierno que todavía no cumple dos años.

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