Autonomía relativa

Personajes

La revista Time tiene ya una larga tradición nombrando a su “personaje del año”. Seguramente hay ocasiones en que el nombramiento es sencillo y otras en que la dinámica del mundo lo hace verdaderamente difícil. Otros medios gustan de hacer lo mismo y quizá, en el ánimo propio, cada quien tiene sus favoritos o favoritas para ese puesto que no tiene otro premio que el reconocimiento colectivo e individual. Personas que viven a tambor batiente, que hacen de su vida algo inusual, nombramientos sorprendentes, voluntades de hierro, espíritus de talla universal, gente cuyo valor traspasa su propia causa, aventureros admirables o muertes que recuerdan una vida poco común. De todo hay en esta necesidad humana  que busca un héroe, una referencia de conducta universal. Van los dos que para mí son personajes de este año que no tarda en concluir.

El nombramiento del papa Francisco llamó poderosamente la atención: un latinoamericano, un jesuita, llegaba al papado. No era algo imaginable en estas épocas después del larguísimo, y al final muy penoso, pontificado de un polaco, y el breve paso de un alemán por el pontificado. Más aún, Francisco ha sorprendido con sus lecciones de humildad, talento y comprensión de los retos y lastres que enfrenta la Iglesia católica. Es un Papa que ha despertado simpatías y agrado por todos lados —algo que no consiguen muy a menudo los miembros de su comunidad— y parece tener las intenciones de darle un giro a una institución lenta y desgastada en un mundo que gira rápido. Sin duda es un gran personaje, pero me parece que la gran lección está en el Papa que se fue: en Benedicto. Como Papa no me simpatizó en absoluto, pero su renuncia al papado es algo que, literalmente, sorprendió a todo el mundo. Fue una verdadera lección pública de decoro y dignidad de quien comprende que su momento de retiro ha llegado; un hombre público que sabe que su permanencia no será lo fructífera que él esperaba; alguien que prefirió cuidar a la institución antes que a sí mismo. Pasará muchísimo tiempo antes de que algo similar vuelva a suceder en la cúpula de la Iglesia más poderosa del mundo. Y por supuesto es algo que no vemos en nuestros políticos a los que las palabras renuncia y distancia, les parecen sinónimos de suicidio.

Otro personaje es, sin duda, Edward Snowden el joven norteamericano que decidió desprestigiar internacionalmente a su gobierno y a muchas de sus instituciones. Se podrá estar de acuerdo o no con él —en lo personal no comparto sus acciones aunque entienda sus motivos—, pero hay en el espionaje  y en la revelación de secretos un antes y un después de Snowden. Sin la soberbia de Assange, puso en jaque no solo a su gobierno, sino a varios más. Su huida de Hong Kong, su increíble estancia en un aeropuerto ruso a la espera de asilo, la furia gubernamental estadunidense contra él y las amenazas abiertas a quien le diera asilo fueron parte de una película que se veía en tiempo real. La hazaña de Snowden fue inusual y cuando eso sucede todo lo que pasa es inusual: como que a un jefe de Estado como Evo Morales diversos países le negaran la posibilidad de aterrizar por la sospecha de que lo traía en su avión: o la vergüenza y el coraje de varios mandatarios que se enteraron, al mismo tiempo que todos, de que eran espiados por el “amigo Obama”. Y claro, la triste certeza de que lo que hace cualquier ciudadano común con su mail en cualquier país del mundo, puede acabar ante los ojos de un agente estadunidense en Hawai.

juanignacio.zavala@milenio.com

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