Autonomía relativa

El PAN, pregunta sin respuesta

Brillante, como siempre, Soledad Loaeza da en el centro del problema por el que atraviesa el PAN (“El PAN ¿el partido verde?”, La Jornada 14/08/14). Dice que la destitución de Villarreal no bastará para que el partido recupere su autoridad moral. El problema es mayor y Loaeza concluye: “No les estamos pidiendo que se comporten en 2014 como lo hacían en 1940; el mundo ha cambiado y ellos han cambiado. Lo que sí podemos esperar es que encuentren el discurso que de verdad los representa, y que no hablen tanto de las ideas y de los valores de un partido al que cada vez se parecen menos.” Mejor descrito el problema, imposible.

Y es que, en efecto: ¿qué es el PAN? ¿qué representa? Las respuestas a estas preguntas no lo sabe ni la dirigencia del propio partido. Y no es tanto un asunto de ignorancia como de desorientación. El panismo siguió la inercia de ser un partido de oposición mientras estuvo en el poder, y cuando regresó a la oposición  no lo supo hacer.

¿Qué le pasó al PAN? Una de las cosas que le pasó fue su cambio generacional. Hubo varias generaciones de panistas con un gusto y gran capacidad para el discurso y el debate, para las definiciones ideológicas y doctrinarias en un contexto convulso. A los panistas de antes les gustaba, les apasionaba la política, por eso fue una oposición seria y constructiva. Algunos de sus críticos más feroces llamaron al partido “un grupo de notables”. El problema de ahora del partido es ése: ya no es un grupo —porque es muy grande— y ya no son notables.

La generación y el tipo de personas que están en la dirigencia pertenecen a una generación y una formación política distinta. Es una generación que llegó con el poder y con los cargos. Eso  no es malo, simplemente, es diferente, pero explica muchas cosas. No les gustan salir en los medios, subir a la tribuna y defender ideas y posiciones políticas. No, a ellos les gusta el dinero, los puestos y vender su influencia. No les gusta la luz, el reflector; les gusta medrar en la sombra, sentir que hacen grandes operaciones políticas. No es una generación de políticos sino de operadores; no convencen de que voten por ellos, pero compran votos para que voten por otros.

Esa formación explica muchas conductas y varios vacíos. Sentirse invisible es una de las conductas que explican la fiesta de Puerto Vallarta. Es no entender el nivel de su responsabilidad pública porque no les gusta la política. Para ellos la política es “un trabajo” bien remunerado. No hay que prepararse, no hay que debatir, no hay que intervenir, simplemente hay que “operar”. Ésa es la palabra que los define.

Puede ser bueno tener un partido de operadores, pero es una gran limitación para tener definiciones ideológicas o programáticas. Si el PAN ya no es, porque no les, el partido de los católicos metidos en política ni el partido de la defensa de la dignidad humana, ¿qué es? No quiere definirse como de derecha o liberal. Tampoco acepta ser conservador. No sabemos qué sea, salvo un partido en decadencia que perdió el poder y que, a falta de una propia, lo definen sus escándalos. No es culpa de Madero y sus secuaces el estado actual del PAN, todos hemos participado en la demolición del edificio. Ignatieff recuerda en su memorias que un diplomático le comentó a propósito del estado de su partido “nuestro partido había perdido su alma. Ya no defendíamos nada, y los años en el poder nos habían corrompido”. Ése es el caso del PAN y no parece tener al alcance un discurso nuevo que, como dice Soledad, realmente lo represente.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

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