Autonomía relativa

Mancera pierde su capital

Sin lugar a dudas uno de los eventos políticos de 2013 es la caída de Miguel Mancera como referencia de político eficiente y exitoso. El jefe de Gobierno de la Ciudad de México llegó a su cargo con una cantidad abrumadora de votos. Pocas veces se da el caso de un candidato que obtiene sufragios de todo el espectro de votantes. Ese fue el caso de Mancera.

De la mano de los votos y del triunfo viene la expectativa. Esa es regla inevitable. Pero Mancera creyó que con sus votos tenía para cruzar el océano de la vida pública. Muy probablemente sus asesores le recomendaron administrar su imagen. Pero ignoraron que quien está tan arriba tiene más hacia dónde caer que para dónde subir. Así que seguramente vieron el reto en darle la vuelta a los riesgos, en solamente hacer cosas que den beneficios, esquivar los problemas, hacerlos a un lado, tapar los reclamos, diluir las protestas, minimizar las omisiones, desviar las culpas. Nada que toque, que manche el traje del hombre que arrasó en una de las ciudades más grandes del mundo.

Decidió entonces fortalecer su imagen frívola, de galán, de atleta, de soltero codiciado. Distanciarse de quien le había puesto el tapete, Marcelo Ebrard, y dejar en claro a todos que él es el jefe y que no le debe nada a nadie. Mucho menos a su antecesor que no tuvo, en ningún momento, la cantidad de votos que él; es más, ni siquiera logró la candidatura presidencial. Mancera se deshizo de la gente de Ebrard. Nada de herencias molestas, nada que se preste a los rumores de que gobierna el antecesor, de que hay alguien que mece la cuna del Gobierno capitalino. Debía despejarse cualquier nubarrón respecto de quién mandaba.

Y llegaron los problemas, que no son otra cosa que el reto de gobernar. Y Mancera se escondió. Y comenzaron los reclamos: ¿dónde está el jefe de Gobierno, a qué se dedica? Ante la parálisis gubernamental, la ciudad se ha vuelto una anarquía. Mancera parece asustado, ¿por qué le reclaman si él se lleva bien con Peña y se toma la foto con todos? La imagen poderosa se desvanecía. Era popular, pero muchos de sus votantes comenzaron a dudar de su capacidad para decidir. Finalmente para eso habían votado por él, para que decidiera, para que gobernara, no para que se promoviera como El soltero de oro, que es como se vendió en una de las revistas del corazón al inicio de su mandato.

La CNTE se apoderó de la ciudad. Paralizó el aeropuerto y la vida de los habitantes de la ciudad, pero también paralizó al gobierno. Violencia, desorden, nada de parte de las autoridades. El hartazgo se asomaba entre los ciudadanos y Mancera, en esa nueva moda que es decir lo que no se hizo o lo que no sucedió, como una forma de éxito. Mancera decía que lo importante era que no había muertos. ¿Por qué habría de haberlos? La gente lo que pedía era orden y el gobierno contestaba regalándoles la ciudad a los violentos.

La lección la aprendieron rápido los demás grupos propensos al vandalismo. En la ciudad se puede hacer lo que se quiera porque para Mancera lo importante es que no hay muertos y tomarse fotos por aquí y por allá. Los anarquistas salen cada que quieren y acaban con edificios, comercios, policías y hasta arbolitos y arbolotes de Navidad. El jefe de Gobierno manda entonces un tuit explicativo de la parálisis.

Así como pocos políticos han llegado con ese porcentaje de votos en la historia reciente de nuestro país, lo cierto es que nadie como Mancera ha tirado a la basura su capital político en un tiempo récord. Ni en épocas navideñas se habla bien de él.

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