Autonomía relativa

Licencia como militante

Hay asuntos en el PAN que son más importantes de lo que parecen. El nombramiento de Cecilia Romero como presidenta del partido es una de las facetas más lamentables de la crisis panista.

Ayer entregué en las instalaciones del CEN del PAN la siguiente carta: “Por medio de la presente, solicito se me autorice licencia como militante del PAN durante el periodo que ocupe la presidencia del partido la Sra. Cecilia Romero Castillo. En el momento en que esta persona deje de ocupar el cargo en la institución, quedará sin efecto la licencia solicitada”. 

Quiero hacer públicas mis razones para solicitar tal permiso. Llevo más de 25 años de militancia en el partido. Entiendo que en la democracia se gana y se pierde. He tenido la oportunidad de crecer en el PAN. Hice campañas con pintura y también en televisión. No me alarmo de lo que le pasa al partido: es resultado de su paso por el poder. Doce años en la Presidencia y en varios gobiernos locales tienen costos para un partido. El PAN los está pagando. No es la primera crisis por la que atraviesa ni será la última.

No creo, como algunos que han optado por dejar el partido, que todo esté mal. No deja de llamarme la atención que varios de los que se van llegaron, precisamente, cuando el PAN estaba en el poder. Tuvieron cargos, fueron figuras, tenían responsabilidades y, cuando el partido ya no les ofreció un puesto, descubrieron que algo andaba mal en la institución y que ya no era lo que fue. Curiosa manera de ser parte de un colectivo: si me dan, estoy; si no hay nada, me salgo. El PAN es más fuerte que los problemas por los que pasa y más importante que los que se van.

Los ultras siempre han estado en el partido. Se le llama así a la parte católica radical. Están en el PAN desde los inicios. Alonso Lujambio decía que el problema comenzó desde la fundación: “Don Manuel (Gómez Morín) traía a los liberales y don Efra (González Luna) a los católicos”. Desde entonces, esa pugna vive adentro del partido. En momentos en que las ideologías eran factor dominante, las tensiones se hicieron más fuertes. Eran los “meones de agua bendita”, como les llamó Christlieb en alguna discusión.

Todos los presidentes del PAN han negociado con ellos. Ahora son conocidos como El Yunque. Sabemos quiénes son. Hay unos mejores que otros. Como en cualquier grupo, hay quienes son honestos y trabajadores y quienes son hipócritas y vividores. En un partido confluyen diversas maneras de ver las cosas. La grandeza de la institución está en saberlas conjuntar. Ese es un partido; de otro modo, sería un club. Uno puede mantenerse en el PAN aunque lo dirija un analfabeta funcional como Madero; eso también es parte de la democracia y uno no está —o no debe de estar— en un partido para que las cosas sean como uno quiera.

Pero hay asuntos en el PAN que son más importantes de lo que parecen. El nombramiento de Cecilia Romero como presidenta del partido es una de las facetas más lamentables de la crisis panista. Se le ha dado la conducción —en un trámite oficinesco, no en una elección— a quien personifica a la ultraderecha dentro del partido. Una derecha radical, primaria, zafia, rezandera y mezquina; por lo tanto, peligrosa. Romero ha sido una burócrata en el PAN y una deplorable funcionaria pública.

No seré comparsa de esta decisión del partido. No soy ni consejero ni miembro del CEN ni tengo cargo alguno. Solo soy militante y no tengo por qué aceptar el liderazgo de quien no se lo ha ganado. Es parte de una componenda. El PAN no está representado en la figura del conservadurismo, sino en la de las libertades, y la actual “dirigente” del partido representa todo lo contrario. Por eso, mientras esté en la presidencia, me ausentaré como militante.

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