Autonomía relativa

Dejen ver el "fut"

La corrección política es una de las formas de la moralina. Agazapada en buenas intenciones, se trata de la supresión de la ofensa, se trata de modelar los hábitos y las conductas de los demás. Ahora que la FIFA decidió revisar lo que grita la afición, han salido en México defensores del bien hablar que no dudan en señalar que somos un pueblo ofensivo y discriminatorio.

Parafraseando al clásico: he visto a las mejores mentes de mi generación discutir si se debe gritar puto o no en un estadio de futbol. Hay una súbita conversión en Denise Dresser de una buena parte de nuestros opinadores en este tema. Creo entender lo que pasa en las canchas y los estadios. Va desde la violencia pura hasta esa olla liberadora de presión que es el grito en masa, la euforia colectiva o la desazón generalizada por una derrota. Por eso, me parece que el grito no tiene nada que ver con una intención homofóbica o discriminatoria como con una manera de enfrentarse al rival, de animar a los suyos: es el grito de batalla, nos dice Gil Gamés.

Ir a un estadio a ver cualquier deporte, también nos advierte Gil Gamés, es ir a escuchar cualquier cantidad de improperios. A quienes no les guste pueden ir a las bibliotecas o buscar en internet críticas de teatro alemán, pero dejen ver el fut. En México la leperada en los estadios es parte del mismo evento. “En el agua clara que brota en la fuente, chinguen a su madre todos los de enfrente” es uno de los cánticos que desde pequeño escuchaba en los estadios. O las porras de las escuelas en los enfrentamientos, por ejemplo, de futbol americano: “ ¡Sexo, cama, embarazo, sexo cama, embarazo, que viva la prepa Antonio Caso!”, o al término de cada porra los del bando contrario gritan, precisamente, ¡Putos! Eso sin contar con los irremediables ¡Árbitro, chinga tu madre! (por cierto, este grito tan clásico jamás ha merecido una defensa de nuestras histéricas plumas en favor del pobre referí y de su señora madre, que se ve insultada en público de manera colectiva y denigrante).

Me parece que el grito en cuestión nada tiene que ver con las preferencias sexuales de los jugadores o de los mismos aficionados que lo gritan. Es una ocurrencia —idiota si se quiere—, pero que tiene que ver más con las ganas de apoyar a unos que de insultar a determinado grupo social. Pero nunca faltan los seres con sotana que, antorcha en mano y ataviados de letrados y doctos, nos quieren convertir en humanos modelo y dicen que somos vergüenza mundial porque miles de aficionados van a un partido y le gritan puto a un jugador del otro equipo y que eso es un reflejo de lo que somos. Siempre pensé que Inglaterra era más que sus hooligans.

Entiendo y comparto las alertas que sobre el racismo han hecho las organizaciones deportivas en diversos países. Más allá de las multas, pocos han hecho tanto contra el racismo en el futbol como Dani Alves al comerse un plátano que le aventaron. Fue una respuesta inteligente y creativa a un insulto vulgar y estúpido.

La dresserisación de la opinión me parece más lamentable que el famoso grito y la considero más preocupante. Intentar moldear hasta la manera de hablar no dejará de ser una imposición y éstas normalmente las aplican los fanáticos. Cuidado. Prefiero a las monjas con hábito, a las que tienen columna en un medio. Andar buscando el significado oscuro de todo puede ser una tarea ardua, pero también ociosa. Discernir el ser nacional a través del grito de puto es tan exagerado como banal. Como dijera Freud: “A veces un puro es solamente un puro”. No mamen.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

Twitter: @juanizavala