Autonomía relativa

Cansado

El procurador Jesús Murillo Karam le ha dado lustre a la PGR, tan desgastada y alicaída. Es un hombre que le ha dado seriedad y compostura a su puesto. Sin embargo, sus apariciones públicas han sido poco afortunadas: chascarrillos de mal gusto, estrategias informativas confusas y hasta contradictorias y un dejo de soberbia propio del sistema en que se desarrolló. No entiende la lógica mediática de estos tiempos, le desespera la ignorancia reporteril, la demanda de información. Si a eso se le suma un gobierno que ante la crisis opta por esconderse, el resultado no puede ser bueno cuando alguna persona tiene que dar la cara. En repetidas veces salió a anunciar la nada hasta que nos dijo todo. No trato de justificar a un funcionario, sino de comprender que, en ocasiones, todos estamos del mismo lado y en ésta es del lado del dolor.

A Murillo le ha tocado, dadas las circunstancias, el papel más difícil del gobierno. La dimensión internacional de nuestra podredumbre criminal ha caído en sus oficinas. Murillo no ha tenido un templete en qué subirse para un aplauso aunque sea fugaz. El puesto de procurador es un puesto maldito. No hay manera de salir bien. Ahí solamente se administran y se investigan las desgracias ajenas, las penas colectivas. Ahí se aletargan los sentimientos, se endurece el corazón, se esfuma el asombro a costa de detalles macabros, descripciones grotescas, eventos de sangre y de vileza humana. No hay sueldo que pague eso.

El procurador ha sido el emisario de la tragedia. En él se centran las críticas, se ceba el coraje de todos, la estupefacción general; en él se centró la esperanza o también la desazón. Más la segunda porque en ningún momento se esperó de él alguna buena noticia, al contrario, de él se esperaba la certidumbre de la desdicha de todos. Y fue lo que hizo. Pasará a la historia de esa manera: el hombre que anunció la tragedia y la fatalidad, la noche triste de un país que tiene que buscarse en un basurero.

“Ya me cansé”, frase que lo perseguirá y que, paradójicamente, no lo dejará descansar. Pero es una frase muy simbólica. Hay quien le encuentra el lado del hartazgo burocrático. No lo considero de esa manera. Creo que ese hombre está, genuinamente, agotado. Se puede ser duro, pero no inquebrantable ante tanta ruindad y bestialidad por un lado y dolor y aflicción por el otro. El procurador, obviamente, sabe más de lo que sabemos nosotros. Ha visto todo sobre la matanza, lo ha oído todo: a los criminales, y a los padres. A los que confiesan su estúpida barbarie y a los que lloran a sus desaparecidos; a los que relatan sin inmutarse su brutalidad y a los que claman justicia; a los que no entienden el sentido de su crueldad atroz y a los que no encontrarán consuelo para su dolor. No lo defiendo, simplemente veo en él la desgracia de ser  servidor público en un momento doloroso. Su frase fue imprudente y al mismo tiempo reveladora. Los padres de los muchachos son un reflejo de nosotros, el procurador también lo es. Es un hombre cansado, como el país, de escuchar episodios demenciales, de investigar sin éxito, de anunciar tristezas y encontrar desgracias.

 

juanignacio.zavala@milenio.com

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