Autonomía relativa

La Bola en Michoacán

Nada le importa más a la prensa, nacional e internacional, en estos momentos que reportear en Michoacán. Historias van y vienen con tal velocidad que ya se repiten con diferencia de nombres. La mujer, harta de la situación, empuña las armas; el campesino que toma el fusil, el empresario o profesionista desesperado que se une a la defensa armada, el trabajador que regresa de Estados Unidos a pelear con su gente: el hartazgo de todos ante el dominio de cualquiera de las organizaciones criminales que decidieran ingresar en su localidad: Los Zetas, La Familia michoacana, Los Templarios: verdugos y salvadores por turnos.

Es el regreso de “la Bola” de la Revolución. La anarquía que vive el estado de Michoacán ha dejado las actividades legales como una forma improductiva, aburrida y poco solidaria de vida. La opción es echar bala, sumarse a los grupos, tomar los pueblos, retar a las autoridades, gritarle al Ejército, dispararle a los narcos, imponerse la autoridad; se puede portar armas sin que pase nada; hay que sumarse, porque, aparte, da fama: dispara y te tomo la foto, quema un camión y sales en la tele. Es la Bola de los conflictos armados, pero acá tiene la lógica de los ciudadanos que se defienden contra el crimen ante la inacción del Estado.

La Bola en Michoacán plantea un problema para condenar sus acciones al margen de la ley. Es la defensa de quienes han sufrido abusos y extorsiones hasta el cansancio, de los que se arman, porque no les dejaron otra posibilidad. La situación obliga a la acción no a la interrogación teórica. Participar es ser solidario con la comunidad, también es la posibilidad de la justicia por propia mano. Un amigo de Tamaulipas me dice: “Allá se están defendiendo, luchan por su tierra y por los suyos, nosotros en Tamaulipas huimos, esa fue nuestra defensa”.

Estamos todos ante un problema más complejo de lo que parece. Hay que apoyar las iniciativas del Presidente en el estado, porque es una apuesta por la legalidad y por el regreso de la institucionalidad, para que se asiente un mínimo de pautas de un Estado de derecho. Sin embargo, condenar a las autodefensas como si fuesen un grupo vandálico es algo que tiene destino incierto, pues puede resultar en un apoyo a los grupos criminales. Pero ¿cómo entender grupos en los que hay ex narcos, ex militares, profesionistas, campesinos que alegan —con razón— su derecho a pelear por salvaguardar cosas básicas como trabajar y transitar en paz? ¿Cómo entender imágenes de grupos de autodefensa armados que van en medio de un convoy de fuerzas federales?

El gobierno federal anuncia nuevas estrategias, justifica a las autodefensas y luego las condena. Les ofrece incorporarse a la policía. “No buscamos chamba” es la respuesta. “Entreguen a los cabecillas de Los Templarios y ya veremos, emplazan ante los medios”. Es su momento y lo saben, le sacan jugo. Por su lado, el gobierno manda mensajes, hace declaraciones de que tiene el control. Encuentra eco en medios nacionales, pero en el extranjero la imagen es la de las autodefensas. Me recuerda a aquella anécdota que ilustra impecablemente la fuerza de cada medio: el boxeador llega a la esquina agotado después del tercer round. “¿Cómo voy?” le pregunta a su manager, que le pasa la toalla por la cara ensangrentada y le dice: “En el radio bien, porque el locutor es mi cuate, pero en la tele te están poniendo una madriza”. Todo apunta a que el gobierno va ganando en el radio. Mientras tanto, la Bola crece.

juanignacio.zavala@milenio.com

Twitter: @juanizavala