Autonomía relativa

Adolfo Suárez y el político puro

Traicionaron su lealtad a un error para construir su lealtad a un acierto; traicionaron a los suyos para no traicionarse a sí mismos.

La muerte de Adolfo Suárez es, sin duda, un momento de reflexión para España y para la democracia en la llamada Hispanoamérica. Vilipendiado en su momento, la figura de Suárez creció con el paso del tiempo. Una foto de él en el Congreso de los Diputados, en la que está absolutamente solo, es testimonio de los momentos en que fue abandonado por todos. Después de eso la vida le volvería a jugar mal: más de diez años de no tener presencia pública, víctima de esa enfermedad atroz y traicionera que es el Alzheimer. Quizá por eso el escritor Arturo Pérez Reverte tuiteó el día de su muerte: Creo que la vida fue piadosa con Suárez. Le quitó la conciencia para evitarle el sufrimiento de ver en manos de qué gente acabaría su obra.

Más que dar algunos comentarios personales, transcribo algunos subrayados de ese gran libro sobre Suárez, la política y los políticos que es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Una gran aproximación a quien ayer fue enterrado en Ávila y cuyo epitafio dice: “La concordia fue posible”.

—No hay duda de que en torno a él sólo veía una oscuridad de ingratitudes, traiciones y desprecios, y de que interpretaba cualquier ataque a su trabajo como un ataque a su persona, cosa que quizá quepa atribuir de nuevo a sus dificultades para adaptarse a la democracia. Nunca acabó de entender que en la política de una democracia nada es personal, dado que en democracia la política es un teatro y nadie puede actuar en un teatro sin fingir lo que no siente.

—Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo lo hicieron más que nadie (traicionar), y por eso muchas veces se oyeron llamar traidores. En cierto modo lo fueron: traicionaron su lealtad a un error para construir su lealtad a un acierto; traicionaron a los suyos para no traicionarse a sí mismos; traicionaron el pasado para no traicionar el presente. A veces sólo se puede ser leal al presente traicionando el pasado. A veces la traición es más difícil que la lealtad. A veces la lealtad es una forma de coraje, pero otras veces es una forma de cobardía. A veces la lealtades son una forma de traición y la traición una forma de lealtad.

—Hacia 1927 Ortega y Gasset intentó describir al político excepcional y acabó tal vez describiendo al político puro. Éste, para Ortega, no es un hombre éticamente irreprochable, ni tiene por qué serlo (Ortega considera insuficiente o mezquino juzgar éticamente al político: hay que juzgarlo políticamente); en su naturaleza conviven algunas cualidades que en abstracto suelen considerarse virtudes con otras que en abstracto suelen considerarse defectos, pero aquellas no le son menos consustanciales que éstos. Enumero algunas virtudes: la inteligencia natural, el coraje, la serenidad, la garra, la astucia, la resistencia, la sanidad de los instintos, la capacidad de conciliar lo inconciliable. Enumero algunos defectos:  la impulsividad, la inquietud constante, la falta de escrúpulos, el talento para el engaño, la vulgaridad o ausencia de refinamiento en sus ideas y gustos; también, la ausencia de vida interior o de personalidad definida, lo que le convierte en un histrión  camaleónico y un ser transparente cuyo secreto más recóndito consiste en carecer de secreto(…) Es verdad que entre las cualidades del político puro de Ortega apenas menciona de pasada la que con más insistencia se reprochó a Suarez en su día: la ambición; pero eso es así porque Ortega sabe que para un político, como para un artista o un científico, la ambición no es una cualidad —una virtud o un defecto—, sino una simple premisa.

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