Cadena de mando

Las tres testigos de Tlatlaya

En México y América Latina, producir denuncias —primero en medios de comunicación y después ante autoridades— a partir de desgracias personales o colectivas se convierte en el combustible de organizaciones no gubernamentales, las que en su mayoría se financian de otros países.

Esta semana la revista Esquire, publica en su edición electrónica de América Latina parte de la entrevista que le hicieron a una testigo de lo que ocurrió en Tlatlaya el pasado 30 de junio. Julia —así permanece en el anonimato la testigo— da cuenta de una versión en donde los soldados hieren y después ejecutan a 22 personas (jóvenes la mayoría) entre quienes se encontraba la menor de 15 años Érika Gómez González, quien con sus compañeros se había rendido ante la superioridad militar.

El 30 de agosto publiqué en este espacio que la mamá de esta joven fue testigo de lo ocurrido y que de ser cierta la versión de la ejecución, entonces por qué no había denunciado el hecho. Esta semana, la mamá de Érika dio una entrevista a Associated Press, donde asegura que a su hija y a los otros los asesinaron. Mi duda era el porqué no lo había denunciado a las autoridades, a los medios de comunicación o, bien, realizar una manifestación pública. Como en las dos entrevistas (Esquire y Associated Press) se incluyen las declaraciones de Human Rights Watch y de su representante en América Latina, José Miguel Vivanco, entonces debemos inferir, que a la mamá de Érika, solamente le falta ir a un Ministerio Público y levantar un acta por asesinato, donde ella es testigo presencial del mismo. Inmediatamente después debe ir a la CNDH para denunciar que el Ejército asesinó a 22 personas, incluidas su hija.

Julia y la mamá de Érika tienen la obligación de denunciar el hecho ante las autoridades competentes y con ello pedir la protección del Estado. Ellas saben que hay una tercera testigo. Ellas saben bien que al momento de que llegaron los soldados, las tres dijeron que estaban secuestradas, es decir, ellas eran las víctimas, no los 22 jóvenes, a pesar de que una de las víctimas, era mamá de Érika.

José Miguel Vivanco debe saber que en México las acciones por parte de la delincuencia por crear base social y con ello denunciar supuestos excesos de las autoridades son una práctica común desde hace muchos años. Si no se ha dado cuenta, habrá que hacer un atento llamado a las oficinas generales de Human Rights Watch, para que nos manden a alguien mejor enterado de la realidad en materia de inseguridad pública. La gran mayoría de las denuncias que se interponen en la CNDH, los mismos denunciantes no les dan seguimiento. No entiendo bien, si de lo que se trata es que, como mexicanos, debemos creer más en una organización como HRW que en una institución como la CNDH.

Debemos recordarle también a Vivanco que, la edad en la que fluctúan los delincuentes en México es entre 16 y 22 años, hombres y mujeres por igual.

Llama mucho la atención que Julia, en su entrevista comenta que fue la PGJEM, la SEIDO y la Semar, quienes la amenazaron con no revelar lo que se supone sabe. Ahora resulta que la Marina también está involucrada. También llama la atención que en su entrevista dice que no va a revelar el porqué estaba ella ahí (en la bodega de Tlatlaya) en ese momento. Ese día, además de los 21 hombres, estaban Érika y su mamá; también una sexoservidora a quien habían levantado los hombres y una tercera mujer quien declaró estar secuestrada por el grupo y a la vez realizar funciones de limpieza en la bodega donde se encontraban; por todo lo anterior, entonces debemos creer que no le importa a Julia divulgar en una prestigiada revista lo que según ella sucedió, pero por otro lado revelar cuál es la razón por la que estaba ahí pondría en riesgo seguridad personal.

Creo que de ser cierto el dicho de la mamá de Érika y el de Julia, los soldados “asesinos” no hubieran dejado vivas a las tres testigos de Tlatlaya.

25 muertos es lo mismo que 22. Da igual.

Insisto, los 22 pertenecían a un grupo delictivo. Eran delincuentes.

 

Cabo de Guardia y de Turno.

No soy un fanático de las fuerzas armadas, en todo caso soy un convencido de que las acciones que desarrollan benefician en mucho al país. Estoy convencido también de que al Ejército, a la Marina Armada y a la Fuerza Aérea nadie necesita defenderlos.

Ellos se defienden solos.