Cadena de mando

La nueva generación militar mexicana

La historia contada por algunos se convierte en la verdad. No se trata de que quienes la cuenten sean los vencedores, muchas veces son los vencidos quienes lo hacen y con ello comienzan a crear mitos o, en el mejor de los casos, verdades a medias. Uno de estos resultados es la percepción que la sociedad se ha formado —en diferentes etapas— sobre las fuerzas armadas, en especial del Ejército, y que deriva en transmitir a las siguientes generaciones las creencias y posturas que, aunque muchas veces sin sustento, los descendientes hacen suyas, permitiendo que sea la emoción y no la razón la que analice objetivamente seguir manteniendo esas percepciones. Lo que nada ayuda a lo anterior es la fuerza de las circunstancias, que lleva —por ejemplo— a las fuerzas armadas a ejercitar acciones que en su momento son necesarias, aunque de ellas alguien resulte vencido.

Esta semana fui invitado a participar como ponente en el ciclo de conferencias “Jurisdicción Penal Militar, debate democrático sobre fuero de guerra”, en la Facultad de Derecho de la UNAM, donde la primera sorpresa fue constatar el interés mostrado por los alumnos asistentes a este ciclo. La segunda fue recibir de ellos la inquietud por romper los mitos creados en torno a las fuerzas armadas. Al igual que estos futuros abogados, los próximos oficiales del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Marina pertenecen no solamente a una nueva generación: pertenecen a una nueva sociedad que en el futuro habrá de conducir al país, cada quien desde su trinchera. La urgencia por comenzar a romper con las anquilosadas creencias corresponde a la alineación de las necesidades reales entre la sociedad, el gobierno y las fuerzas armadas, es decir, cuál es la dinámica política, económica y social que no está resultando en México y que es necesario modificar. ¿Quién será la institución que le dé fortaleza a ese nuevo estado de cosas?, y —como interrogante final— ¿de qué beneficios y seguridades se le debe dotar a esa institución para garantizar que su desempeño no se convierta en breve en un nuevo mito?

Ya entrados en gastos, el Ejército de 1968 (ese que dicen que mató a miles de estudiantes y del que el abogado Juan Velázquez demostró con pruebas ministeriales que solamente fueron reclamados 40 cuerpos en los días sucesivos a la fatídica madrugada del 2 de octubre —de haber sido miles los muertos y desaparecidos, ¿no habrían estado luchando miles de familias por encontrarlos?—, mismos que fueron entregados a sus deudos), ese Ejército ya no existe. Quienes lo comandaban o han muerto por edad o se encuentran en la fase final de su retiro. Ese mito creado alrededor del Ejército debe romperse, debido a que no tiene absolutamente nada que ver el de hoy con el de hace 45 años.

El Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea que combatió a los zapatistas en 1994 tampoco existen más; no porque haya pasado tanto tiempo como para que no vivan quienes comandaron las operaciones contra los sublevados, sino porque la experiencia fue tal que los hizo prepararse mucho más, aun a pesar del cese al fuego ordenado por el entonces presidente Salinas de Gortari, lo que sin duda confundió a la sociedad y afectó la voluntad de los uniformados. Lo aprendido en el 68, junto con el 94, urgió a las fuerzas armadas a profesionalizarse más en todos los ámbitos.

Sin ir más lejos, las acciones emprendidas por el instituto armado durante todo el sexenio anterior los catapultaron al escrutinio público. No solamente fue la realidad violenta a la que la delincuencia sometió al país, sino también las denuncias de algunas organizaciones político-sociales por elevar a los militares a violadores de derechos humanos; lo que lleva hoy a soldados y marinos a demandar mejores y mayores seguridades para seguir combatiendo a quienes intentan desestabilizar al país.

Para los altos mandos militares y navales la ruta es clara; ellos comandan una nueva generación de militares que se encuentran en su mejor momento para entrar en comunión con la sociedad y el gobierno. Se encuentran a toda capacidad para no permitir que se produzcan nuevos mitos.

Las nuevas generaciones de este país ya no compran discursos del pasado. La nueva generación militar no tiene más discurso que sus acciones a favor del pueblo.

A quién no le conviene ese cambio generacional. ¿A quién?

jibarrolals@hotmail.com @elibarrola