Cadena de mando

¿Y las fuerzas armadas dónde entran, señor Presidente?

El evento del pasado jueves en Palacio Nacional fue para reconocer una realidad diferente a la que venía difundiendo el gobierno —solamente— durante los dos últimos años. Se acabaron los tiempos del autoelogio, los reconocimientos y, por supuesto, los agradecimientos. Los problemas siguen siendo los mismos: la inseguridad, la violencia y sus efectos en la gobernabilidad municipal y, en muchos casos, estatal.

Es un hecho que la sociedad no solamente sabe, sino “vive” en carne propia el producto de esta realidad aberrante; por eso, para quienes escucharon el decálogo propuesto por el presidente Peña Nieto, no hubo sorpresas. Es frustrante escuchar lo que ya sabes.

No fue un evento de reconocimiento del trabajo de las instituciones; sin embargo, llama la atención que no se mencionara el apoyo que las fuerzas armadas darán al rediseño de la estrategia toral que el Presidente y su gabinete desarrollarán —por lo que se ve— hasta que termine el sexenio. El manejo de crisis que siguió el equipo presidencial fue casi correcto. ¿Por qué?, porque siguieron las constantes de informar al pueblo de México qué pasó, por qué pasó y qué están haciendo para que no vuelva a suceder lo “sucedido”. Solamente faltó mencionar de qué fortalezas y de quiénes se van a valer para lograr con mediano éxito —en un manejo de crisis, nunca se puede asegurar un éxito total— lo propuesto.

El pasado 20 de noviembre, en la ceremonia de ascensos y reconocimientos, el presidente de México dijo que no se puede calificar a las fuerzas armadas por el comportamiento de unos pocos elementos que abusan y traicionan, haciendo clara referencia a lo sucedido en Tlatlaya. Los “opinadores” insisten en que lo de Tlatlaya es equiparable a lo de Iguala y en verdad no es así. No fue un comandante de zona (equivalente quizá a un alcalde) o un jefe de región militar (equivalente a un gobernador de varios estados) quien dio la orden de disparar a los que, se supone, se rindieron la madrugada del 30 junio en Tlatlaya. No se pueden comparar, debido a que, en Iguala, quienes desaparecieron fueron estudiantes y el hecho caló tanto en la sociedad, que propios y extraños se han manifestado todos los días, durante los últimos dos meses, para que aparezcan “vivos” los 43 jóvenes.

A pesar del exceso registrado en el Estado de México, no ha existido un rechazo generalizado por los 22 muertos de Tlatlaya, ya que ni siquiera las autoridades civiles han podido identificar quién murió producto del enfrentamiento y quién producto de una ejecución, y más allá, comprobado está que todos eran delincuentes y todos dispararon sus armas contra los soldados esa madrugada. Lo anterior no significa que debían morir ejecutados; significa que conocían los riesgos de sus actividades delictivas y, en el fondo, la sociedad no les ha llorado ni se encuentra de luto por ellos, como sucede con los estudiantes de Ayotzinapa.

Lo de Tlatlaya no ha provocado —ni provocará— que se le quite el mando a zonas o regiones militares para que sea la Presidencia la que se encargue de las mismas. Tampoco se dieron cambios de emergencia en zonas y regiones; los que se han dado corresponden al cumplimiento de los tiempos máximos que cada comandante debe estar en cada plaza o puesto administrativo.

Iguala y Tlatlaya no tienen los mismos orígenes. En lo único que se parecen es en el abuso de autoridad cometido. En lo de Tlatlaya ya se castigó a los responsables y no volverá a ocurrir un error así; en lo de Iguala, la impunidad, la corrupción de todo un sistema político (municipal y estatal), económico, social y cultural queda al descubierto y su hedor nos ha proyectado como país ante el mundo.

Por eso las preguntas.

¿Serán entonces las fuerzas armadas el engrane principal para, por ejemplo, poder darle formalidad, espíritu de cuerpo, disciplina y lealtad a las policías estatales únicas?

¿Se aprovecharán los elementos que los cuerpos de inteligencia militar y naval comparten con las autoridades civiles para vigilar estados y municipios?

Con la creación de mandos únicos estatales, ¿regresarán los soldados de tierra, mar y aire a sus cuarteles?

Por fin y para poder participar de mejor manera en la estrategia de gobierno, ¿se les dará mayor certeza jurídica a las fuerzas armadas?

¿Los gobernadores seguirán al pie de la letra las recomendaciones que les dan los generales y almirantes?

¿Cuál será el papel de la policía federal y en específico de la Gendarmería nacional?

¿No son Salvador Cienfuegos y Vidal Soberón los hombres clave para comenzar esta nueva estrategia?

 

jibarrolals@hotmail.com @elibarrola