Cadena de mando

Tlatlaya: enfrentamiento… y ejecución

Sin lugar a duda, lo sucedido en Tlatlaya retrata una realidad social, hoy más que nunca, urgente de cambiar. Retrata, sin lugar a duda, la fortaleza que como institución tiene el Ejército mexicano, retrata también cómo la PGR ha recuperado su función original y lucha a toda costa por recuperar la credibilidad y confianza que debe tener la institución que se supone aboga por la nación.

La ejecución de Tlatlaya no va a parar en el encarcelamiento de los tres soldados que dispararon contra los delincuentes de la bodega. Será la propia Sedena la que se encargue de fincarle responsabilidades a los elementos castrenses que ocultaron que, después del enfrentamiento, hubo una ejecución, a pesar de las inconformidades internas.

El enfrentamiento de Tlatlaya entre soldados contra “malandros” perdió toda validez a partir de que los militares se “calentaron” y, a pesar de la preparación que tenían para saber en qué momento dejar de aplicar el uso legal de la fuerza y de la violencia, pudo más la adrenalina. Los enfrentamientos entre las fuerzas armadas y los delincuentes no terminan en ejecuciones, es decir, cuando se suscitan enfrentamientos; ni la ley ni la sociedad cuestionan el porqué de la pérdida de vidas; por eso, Tlatlaya es terriblemente desafortunado para los soldados que todos los días se enfrentan a delincuentes, ya que una de las repercusiones que ha traído desde el martes pasado este caso es querer hacer ver a todos los militares como asesinos, lo que es a la par de irresponsable, injusto.

Más de 50 mil soldados de tierra, mar y aire se encuentran de manera permanente en campañas para combatir la delincuencia.

La ejecución de Tlatlaya debe poner a trabajar a legisladores y clase política en el sentido de la urgente necesidad de otorgarle certeza jurídica a las fuerzas armadas. ¿Para qué? Precisamente para que les dé la fortaleza de saber hasta dónde están protegidos frente a una delincuencia violenta, inagotable, temeraria e impune; esa que primero dispara y después se rinde. Una delincuencia que, a pesar de su poder de fuego, no tiene la preparación para utilizar esa capacidad. Esa que conoce perfectamente que en este país existen diferentes circunstancias sociales, organizaciones e instituciones que los pueden convertir en víctimas de manera inmediata y que, bajo ninguna circunstancia, protegerá los derechos de los militares.

Los soldados en México necesitan de una mayor certeza jurídica, precisamente para que lo sucedido en Tlatlaya no vuelva a repetirse. Esa certeza jurídica dará a los mexicanos la tranquilidad de que las acciones militares para combatir a la delincuencia serán mucho mejores. Necesitan de una certidumbre legal que los proteja si es que van a seguir en las calles realizando labores que solamente les corresponden a los civiles.

El enfrentamiento y la ejecución de Tlatlaya produjo que 22 delincuentes (así los determinó la PGR el martes 30 de septiembre) obtengan la categoría de mártires y también intenta, a partir de ello, hacer ver a casi 300 mil elementos de las fuerzas armadas como homicidas.

Tlatlaya será el combustible que reavive aquel discurso anacrónico y trillado del ejército represor y asesino que, desde hace 46 años, políticos de izquierda, derecha radical, líderes sociales, artistas y alguno que otro despistado habían mantenido y que, de no ser por Tlatlaya, en breve hubiese desaparecido. Por cierto, ahora que se conmemoró otro día de esos que no se olvidan, vale la pena rescatar que fue el abogado Juan Velázquez quien demostró, con pruebas ministeriales, que solamente fueron reclamados 40 cuerpos en los días sucesivos a la fatídica madrugada del 2 de octubre. De haber sido miles los muertos y desaparecidos, ¿no habrían estado luchando miles de familias por encontrarlos?, como se está haciendo en Guerrero con los estudiantes de Ayotzinapa.

Tlatlaya refuerza cómo ha cambiado el mapa delincuencial y también la impunidad con la que se manejan los criminales. El miércoles 1º de octubre, soldados del Ejército mexicano detienen a Héctor Beltrán Leyva (líder del cártel de los Beltrán Leyva) sin disparar un solo tiro. Un líder criminal de alto nivel sabe bien que es preferible no oponer resistencia cuando lo detienen las fuerzas armadas, ya que será muy difícil poder cooptarlos para que lo liberen. Pero la gran mayoría de hombres y mujeres jóvenes que pertenecen a las filas comunes de la delincuencia sabe que es mejor pelear, quizá hasta morir, cuando se enfrentan con los militares. Dentro de un penal, o durante una negociación para dar información, la vida del “malandro” de abajo no tiene el mismo valor que la del líder criminal.

Tlatlaya fue enfrentamiento y ejecución. En ese orden.

 

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@elibarrola