Cadena de mando

¡Adiós derechos humanos! ¡Adiós estado de cosas!

En este país tenemos la costumbre de no llamar a las cosas como son. Tenemos también la dinámica de olvidarnos de lo verdaderamente importante, es decir, del origen de los acontecimientos, de las causas que lo provocaron y de quién o qué resultó afectado por los mismos.

Lo más importante en el caso de Iguala es que no aparecen los 43 estudiantes. La política ya no cabe, ni mucho menos los discursos o las buenas intenciones. El tema ha llegado tan lejos que al día de hoy lo que menos importa es el sufrimiento de las familias de los desaparecidos; sus hijos son víctimas dobles de las circunstancias que vive Guerrero. ¿Por qué? Primero, porque esa fatídica noche del 26 de septiembre, ellos se sintieron protegidos por sus líderes para poder hacer lo que se les ordenó: secuestrar camiones, “botear”, hacer pintas, etcétera. En segundo lugar, porque se enfrentaron —esa noche— ante el derroche de poder del hoy ex alcalde de Iguala y al de su esposa —a quien se le liga sentimentalmente con el Gobernador Ángel Aguirre—, quienes al parecer son la clave que esperan todos para resolver el qué, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué. Lo que todos esperan es que, al detenerlos, aparezcan los jóvenes y todo quede resuelto.

Es irrebatible que todo este caso destapa la verdadera realidad de un estado débil y mediocre.

En Guerrero ya se le dijo adiós a los derechos humanos y por supuesto al estado de cosas mínimo indispensable que necesita una entidad para conducirse. Todas las fuerzas políticas y sociales en Guerrero son culpables del secuestro de los 43 estudiantes que hasta hoy no aparecen. Es histórica la fuerza que muchos líderes (como los de Ayotzinapa) mantienen en Guerrero, como histórico es el “valemadrismo” de estos líderes por mejorar cualquier condición de sus representados, aun y cuando muchos de ellos tengan la mejor de las intenciones por salir de la miseria histórica y sistemática en la que siempre han estado.

En Guerrero, los gobiernos municipales andan a salto de mata, tal y cual lo hacía Benito Juárez en la Guerra de Reforma. El estatal demuestra la cerrazón del “ladino”, quien no cede ante lo evidente de su propia incapacidad. El gobierno federal no quiere dar el manotazo final que recupere la vitalidad que mantenía ante el mundo entero hasta hace por lo menos dos meses y que hoy conviene que regrese. Se avecina una recesión mundial y México debe estar fuerte.

Habrá que decirle adiós a los derechos humanos, ya que quien se supone que los observa y protege ha brillado por su ausencia en los sucesos de Iguala, lo que nos lleva a la interrogante de la necesidad de contar en este país con un organismo como la CNDH. El estado de cosas que guarda la legalidad en nuestro país hace que no sea necesaria esta comisión y, más allá, también provoca que las ONG nacionales e internacionales no sirvan para absolutamente nada, ya que no ofrecen soluciones a los problemas, solo denuncian.

Dicen que cada 20 años los países deben reinventarse con objeto de adecuarse a las tendencias globales. En 1994, Chiapas era el conflicto armado, político y social con el que se enfrentaba el gobierno, de tal suerte que tuvo que intervenir el Ejército mexicano para que no se perdiera el estado de cosas, y con ello tratar de salvar la poca imagen que le quedaba al gobierno de México. A pesar de que los soldados tenían la suficiente capacidad para terminar con el alboroto zapatista, Salinas ordenó el cese el fuego, mismo que no solamente ofendió de manera grave a los militares, sino que marcó también un nuevo liderazgo social en este país; sí, ese que hoy se encuentra presente en Guerrero, Distrito Federal, Michoacán, Oaxaca y en muchas otras partes del país. Me refiero al que vive del gobierno para estar contra él. Me refiero a ese que cobra además de un sueldo, también los beneficios económicos que le reporta la impunidad de ser el líder. Me refiero a ese liderazgo que tanto daño le hace al país y que, para colmo, ya está completamente adherido a la delincuencia organizada.

Todo es exactamente igual que hace 20 años, solo que ahora es más visible.

Ya podemos despedirnos de los derechos humanos, como referente de una sociedad democrática y moderna. En México eso no cabe. No sabemos ni queremos defenderlos. También despidamos ese estado de cosas al que estábamos acostumbrados, para darle paso a uno nuevo, al cual, como se avecina, nos costará mucho trabajo adaptarnos.

Adiós, ¡pues!

 

jibarrolals@hotmail.com @elibarrola