PAISAJES DE LA MEMORIA

Del universo onírico

La revista Corre, Conejo del mes de febrero, publicó un texto que escribí tras  muerte del colaborador de La Jornada Manuel  Ahumada en enero pasado. Con el debido permiso de Corre, Conejo, extraigo para los lectores de Milenio las siguientes líneas: «Manuel Ahumada —el dibujante, el caricaturista Ahumada— tenía un catalejo en los ojos. Tenía un catalejo y una desbordante imaginación. Y derramó mucha tinta (oscura, oscura como essin remedioa veces la vida terrenal) sobre el optimismo de una hoja de  papel en donde se iban extendiendo las alas de los ángeles, las nubes, la inmensidad de unos ojos asombrados, los labios, el pelo, los lugares vacíos y las sórdidas ventanas protectoras de una honday muy humana soledad.

Ahumada dirigió siempre el catalejo de sus ojos al universo. ‹Somos el universo mismo›, parecía decirlo en sus grabados.

Pero el tiempo de los hombres no es el tiempo de la infinitud del silencio de las estrellas. Arriba hay otra dimensión y Manuel Ahumada lo adivinó perfectamente.

Vean, escuchen: Ralph Waldo Emerson: ‹¿Cómo he de vivir? Somos incompetentes para solventar el tiempo/ El tiempo se resuelve en la cuestión práctica de la vida›.

Y en el catalejo y en los ojos y en la imaginación y en la obra de alguien del linaje de Ahumada.

Sí: en su obra confluyen de manera obsesiva lo temporal y el misterio de la vida que es (al final de todo) el misterio aún sin descifrar del universo. Por eso una lágrima se convierte en planeta y por eso el cuerpo sólo permanece perdiéndose más allá, entre lo más lejano.

Para Emerson, nuestro mundo onírico se topan contra los límites del mundo ordinario. Ahumada borró esos límites con la imaginación. Sus personajes viven aquello que sueñan: en sus sueños no importa el tiempo que se cuantifica en el tiempo. El universo es el cuerpo. Y el cuerpo entonces no da cuenta de las horas (de sus fervores, de sus miserias). (...)

Cuánta bondad, cuánta, la de Manuel Ahumada al reiterarnos que simplemente somos tiempo yno tiempo, vida: fisura. Y deseo, por supuesto. Deseo e imaginación. Tanta bondad, Manuel, tanta…»

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