PAISAJES DE LA MEMORIA

La piel de un escritor

Comienzo este breve comentario del libro de Alonso Cueto (La piel de un escritor, FCE, México, 2014), transcribiendo una parte inicial de la cuarta de forros: “En las dimensiones radicales de la experiencia, un escritor tiene que saber integrarse al ruido de la calle y recluirse en el silencio de la caverna”. 

Es un libro que ejemplifica de una manera muy directa eso que muchos han llamado y ejemplificado con entrevistas el oficio del escritor.

Dije (escribí) oficio porque finalmente eso es lo que tiene, con sus propias herramientas --el lenguaje principalmente- todo escritor o todo aspirante a escritor.

El texto de Alonso Cueto ha resultado de su experiencia propia, personal. Lo explica: “Siempre he creído que el escritor si lo es de veras, debe tener unos sentidos atentos a la realidad que lo rodea y también a la que imagina”.

Entiendo entonces el contenido de las primeras líneas de la contraportada.

La piel es una especie de metáfora para explicar la sensualidad de la escritura.

Una manera didáctica donde se explica cómo contar, leer y escribir una historia.

El libro contiene una parte anecdótica interesantísima acerca de las formas en las que una obra es recibida con éxito por el público lector. O bien, es por igual rechazada.

Hay novelas, por ejemplo, que se editan sólo por cuestiones extra literarias: van a la mesa de novedades un día y al poco se reciclan, a nadie interesan. En el mejor de los casos pueden estar de moda para desaparecer del mapa literario en el lapso de unos cuantos años.

Lo explico tal como lo escribe el autor: la escritura implica la re escritura. Quien escribe, por decirlo así, procesa la vida, sus experiencias, su mirada sobre las cosas, sobre el mundo que gira cada día. No se le puede entregar a los lectores un texto escrito sobre las rodillas o sólo porque el instante, la moda, lo exigen.

Cierto que se han documentado algunos pocos casos de escritores que ante una crítica adversa se han alejado del medio aunque se hayan valorado tardíamente, es el caso de Thomas Hardy o Herman Melville y, más recientemente, el caso de Harper Lee. Debo corregir y volver al inicio de esta nota: se escabullen del ruido y entran al silencio. Se han sentido informados por la crítica pero han continuado en su oficio de escritores.

Hay quienes huyen del éxito y hay quienes, ante él, ya no tienen la indispensable soledad para continuar escribiendo. Cueto lo ejemplifica en Truman Capote.

En síntesis, transcribo un poco de nuevo: “El pacto que se establece entre un escritor y sus lectores es de una intimidad llena de desafíos”.

En la parte final del texto aparece una carta a los psicoanalistas (los verdaderos, no los que hacen psicologismo) donde al escritor se le compara al paciente. Y dice Cueto que de todos los síntomas comunes el mayor es la esquizofrenia.

El escritor oye voces, las toma de la realidad y las transforma, un proceso que se explica cuando se mete en la piel de sus personajes, a pesar de que éstos como los pacientes, opongan resistencia.

jgsampe@yahoo.com.mx