PAISAJES DE LA MEMORIA

La novela en la era digital

La semana pasada que hablaba aquí mismo de Jacques LeGoff, el historiador francés que nos entregó otra visión del mundo medieval alejada del oscurantismo, recordé que dentro de esas llamadas atribuciones medievales –mil años que son muchos para la vida de los hombres— se halla la transición de la épica a la novela. El Renacimiento y su esplendor, por lo menos así querían los grandes pensadores de la época que se percibiera el contexto europeo, trajeron una nueva manera de contar las cosas. Nació entonces la novela en su estructura narrativa.
De ahí se comprende también por qué los sociólogos de la literatura califican al género (ese endeble concepto) como un producto burgués.
Cuántas veces no leí eso en los textos cuyos temas recorrían el arte, la literatura y el marxismo. Me detuve un momento aquí, al redactar esto porque estuve a punto de escribir manuales por textos. Me explico: los manuales, en efecto, lo simplificaron todo, lo redujeron a lo básico. ¿No era el objetivo final de estas impresiones que incluso otorgaba casi gratuitamente la SEP?
De la historia de la novela, sin embargo, me detengo (y me sigo sorprendiendo de su detonante éxito y efecto) en el folletín de entregas, ya muy posterior en el siglo XIX. Imposible no recordar la clasificación que –a veces injustamente— hacían de la novela despreciándola un tanto, nuestros críticos más severos. Llamaron subgénero a todo lo que no se encajonaba en sus reducidos marcos. Aquí mínimo encuentro algunas conocidas igual como literatura de quiosco: la policiaca, la rosa, la de misterio, la del horror, la del terror, etcétera, subgéneros (si nos atenemos a la ingrata clasificación) donde cabrían los nombres de grandes escritores de todos los tiempos.
Brinco eterno e injustificado en la historia: no sé aún si algún día desaparezca, tal y como lo vienen vaticinando algunos, el libro impreso para dar paso al digital. No lo sé. Lo único que entiendo es que, sea como sea, el género sigue siendo un constante peligro para los poderosos. Debe ser que por eso el clero medieval quemó grandes obras; debe ser por eso que a la llegada de los españoles a América hicieron (o fizieron) lo mismo.
En una cuartilla nadie puede hablar de una historia de la novela del Renacimiento a la era digital, lo entiendo. Lo hago así ahora, tan fugaz como el rayo que divide la oscuridad de las nubes, porque he estado pensando en entregar un reciente texto que escribí durante más de tres años, a una casa editora digital que comienza. Al final creo, como lo escribía Julio Cortázar, es una botella al mar. Si hay unos ojos anónimos que observan hacia las estrellas por qué no pensar en otros más anónimos que podrían detenerse a leer lo que hace años uno dejaba reposando en el cajón del escritorio. El producto burgués en la era digital, nada más.