PAISAJES DE LA MEMORIA

Del Minutario

¿Ahora cómo justificar mi ausencia de la semana pasada en estas páginas de Milenio? Simple: la red no funcionaba y nunca supe por qué. Aprovecho igual para dejarlo anotado en las páginas de este Minutario que no crece, o que crece poco a poco.

Y es que no quería dejar pasar el momento sin hablarles de un libro de un autor singular (guardaré para mí su nombre y el título del volumen) porque sin darme cuenta ya andaba yo volando hasta arriba con la teoría de la novela.

Es una historia sencilla la de ese autor: un hombre, maestro de profesión (algo así como el personaje de El Centauro de J. Updike) sale de vacaciones en una ciudad que no puede ser alguna de Australia (debe ser porque hay canguros), pero que fácilmente podríamos ubicarla igual en México o en Indonesia… Ah, sale de vacaciones y pierde su poco dinero efectivo que llevaba y entra a una dinámica donde se ve involucrado entre mafiosos jugadores de cartas y mujeres que no buscan más que un desayuno o una comida para ahorrársela en casa (ahí en la novela aparecen varias) y él comienza a tratar de evitar todo aquello pero ya no puede. La suerte le viene bien un poco y gana dinero apostando, a su vez, de un préstamo obtenido. Otra vez la rueda de la fortuna: todo lo pierde casi al instante.

Una novela excepcional que no tuvo más que un tiro pequeño, mínimo, de dos mil ejemplares, a decir de la constancia del colofón. Nunca se reeditó, nunca más se oyó hablar de su autor, menos aún se sabe si escribió algo más. Una situación poco frecuente y común pero que no ha sido aislada: recordemos a varios más que tras el éxito prefieren la discreción y permanecer lejos de las cámaras y los reflectores.

Me remonté así a la vieja teoría de la novela y los viejos críticos, no sé qué tan viejos si por eso debe entenderse treinta años de distancia, aproximadamente.

¿En qué consiste el éxito o el fracaso de un novelista? Nadie lo entiende aún: el gusto popular, el vender gato por liebre (de eso hablé en una reseña en otro medio periodístico) la promoción misma, el olfato de los editores, el aporte económico institucional a las editoriales comerciales, las relaciones hechas al haber sido becado por el estado, etcétera.

Una obra de gran calidad como la que describo está olvidada.

No lo entiendo. Los libros de un autor portugués son saldos de ferias de libro.

Así, no hay más que seguir pensando en los inéditos que alguna vez quizá fueron promesas, como me lo dijo un amigo cercano mientras tomábamos un café en el centro.