PAISAJES DE LA MEMORIA

Crear un argumento

Y entonces narré la historia de un joven que cambia de estado por razones diversas, entre ellas estudiar la carrera de psicología clínica. Se va llevándose con él a un hijo y a su dipsómana mujer. El joven tiene alguna idea de periodismo aunque lo ha practicado poco. Ellos se enfrentan a situaciones que les resultan demasiado complicadas.

Él entra a la redacción de un medio (de esos donde se trabajaba con linotipia) a transcribir los boletines de prensa que les envían a la sección de policía: va aprendiendo poco a poco y lo ascienden rápido. No se mete para nada con las notas sobre política, sabe que no es lo suyo, sabe también que nunca venderá tlacoyos y no le interesa tampoco ser director de un diario.

Antes, él había tomado un curso por correspondencia para hacer retrato hablado, de esos que se ofertaban en las revistas. Le va bien: lo gradúan con honores. Tiene una constancia que cuelga en la pared como un gran trofeo.

Pero está adiestrado: dibuja bien, lo hace bien.

Cuando termina sus estudios decide quedarse otro tiempo en la ciudad a la que llego y es entonces que simula: se dice maestro en psicoanálisis y escribe un currículum donde afirma que ha estudiado el marxismo y las formas de interpretar el mundo. CUn poco fuera de lugar y medio deliranteU, le dice la mujer que ha dejado de beber porque un médico le aseguró que tendría problemas de no hacerlo. El hijo va creciendo mientras y ellos deciden separarse. Ella se enrola con un pastor que (a su vez) es su propio terapeuta.

Les mostré todo el contenido a los escritores Ignacio Betancourt y Alberto Huerta una vez que coincidimos en San Luis Potosí. Lo leyeron a la velocidad de la luz porque casi de inmediato me hicieron varios comentarios: anotaron a lápiz sobre el original. Entre otras cosas, dijeron, la más importante es la psicología del personaje central: un jovencito que toma un curso por correspondencia. Eso les pareció muy rescatable.

“Pero qué necesidad tiene de inflar su currículum alguien con ese perfil”, me lo dijeron e insistieron que le quitara todo aquello de la filosofía marxista, etcétera. Lo hice pero le agregué algo (aquí entró lo autobiográfico): el personaje cronista de nota roja y de retrato hablado adquiere un pequeño departamento al separarse de su mujer.

El periodista solicitó un préstamo para realizar el finiquito y se topa con el auxiliar de un notario de pocos escrúpulos quien, coludido con un estafador, lo dejan en la calle: sin dinero, sin casa y con la deuda que tiene que saldar.

Me sugirió Ignacio Betancourt, me insistió, que trabajara más al personaje en una segunda versión, una especie de segunda parte. No pasará nada quizá pero sí, en la vida como en la ficción hay que modificar esos exagerados currículums. Buena lección.

Lo que me hace feliz, en todo caso, es la escritura y reescritura de la historia. A veces le hallo los inevitables ripios de los que hablaba Borges y entonces todo, como a veces ocurre en la vida, se me complica.

jgsampe@yahoo.com.mx