PAISAJES DE LA MEMORIA

Congruencia y honestidad literaria

Dos notas literarias me hacen pensar que no voy por un rumbo tan errando en mi percepción de lo que debe ser el honesto ejercicio de la escritura. Si la literatura en sí misma sirve para cambiar el mundo y la realidad, entonces cómo es posible que algunos cuentistas o novelistas se empeñen en quedar bien con los poderosos y se ufanen exhibiendo selfies con políticos de quinta categoría. No lo entiendo.

Me enteré vía El País (16 de febrero) que Harper Lee, la autora de “Matar a un ruiseñor”, ha decidido, a sus 88 años, publicar el manuscrito original de la obra que le diera el Premio Pulitzer en los años cincuenta: Go Set a Watchman. Recluida en una residencia para ancianos, Harper Lee, a quien unía una inseparable amistad con Capote, es un ejemplo de lo que líneas arriba he dejado escrito: se alejó de todo reflector y nunca trató ni por error con el poder ni político ni literario. La vida de Harper Lee me llena de asombro y (según El País) abre la controversia de los autores de una sola tenaz y maravillosa obra. Hay veces, en efecto, que un solo título es motivo de inmortalidad.

Apenas se ha dado el anuncio se han vendido ya anticipadamente miles de copias. Quizá a Harper Lee sí le correspondería anotar la fanfarronada del mediocre aquel que dijo en una cuenta electrónica: venid a mi regalías que debo salir de paseo. ¡Jo!

El otro tema literario que tiene que ver con todo esto, es el discurso de Juan Goytisolo durante la entrega del Premio Cervantes 2014. En primer lugar, no usó el atuendo que se exige, digamos, protocolariamente. Dividió a los escritores en dos: los que viven su oficio como adicción y los que buscan una visibilidad mediática (los primeros son literatos, los segundo escritores a secas). Prudente es el silencio: hay una frase en el discurso que une el pensamiento de Harper Lee con su actitud. Transcribo: “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, citó a Pessoa y agregó: “Ser objeto de halagos (…) me lleva a dudar de mí mismo. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración (…) Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de ésta en el ámbito de la escritura. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por el primer escritor no nos resignamos a la injusticia”. Congruencia y honestidad.

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