PAISAJES DE LA MEMORIA

Asesinos seriales, los disidentes

El concepto de locura es sólo, según la antipsiquiatría, una atribución de grupo, un status social, una parte de la ideología. Thomas Szasz publicó en 1961 una de sus más reconocidas obras: El mito de la enfermedad mental, donde hizo la reflexión que habría de dividir desde entonces a los estudiosos de la salud mental: ¿En dónde aparecen los límites entre la salud y la enfermedad? Entonces R.D. Laing y David Cooper le otorgan un nuevo status  al vagamente designado “enfermo mental”: es un  verdadero disidente.

Asesinos seriales de Néstor Durigón (ediciones B, 2014), contiene las biografías de los disidentes que han hecho que su historia no tenga cabida en ninguna otra categoría: comparten el gusto por la sangre y la tortura. Son eso: asesinos en serie, personajes que han actuado bajo un mismo modelo: repiten una acción y eligen el perfil de sus víctimas. Su parte enigmática, su otra apariencia (la que hace que pasen inadvertidas las sospechas sobre ellos o ellas) aflora siempre, tarde o temprano. Un rasgo común: no experimentan culpa y logran transmitir su bondad o su innata simpatía.

Curioso que el autor de este volumen nos deje un ingrato malestar luego de leer el brevísimo prólogo: pareciera que buscó y rebuscó todos los lugares comunes que del tema se pueden extraer. Ejemplo: la cita de los criminólogos que son ahora sólo aburridas referencias. Explica el papel de las escuelas jurídico-penales para buscar respuestas en los más “oscuros interrogantes”. Entonces divide el texto en elementales enfoques que a lo largo de la historia se han dado: positivismo, teoría de la delincuencia, teoría de la sexualidad,  los aspectos clínicos, teorías del aprendizaje, los factores ecológicos, hasta llegar a una confusa y muy vaga conclusión.

Insiste en mencionar a Lombroso y su perfil del asesino como la panacea; se detiene luego en Harry Godland y las características que él define en 1910, basándose en las pruebas de 150.000 reclusos condenados para determinar que el asesino en serie (concepto acuñado por Robert Ressler) es, definitivamente, un débil mental.

Sin embargo Néstor Durigon tiene cuidado en hablar de la invisible línea que divide a los llamados delincuentes comunes de los delincuentes de cuello blanco, término propuesto por Edwin Sutherland. 

Y el interés final (aunque hay una franca desigualdad entre ellas) está en las biografías de los asesinos seriales. Un caso medieval (a.1300), El hombre de la caverna, Swaney Beane –un asunto de promiscuidad, incesto y canibalismo— abre las increíbles biografías. Pero también el lector encontrará al Charles Manson light, al terrorífico Richard Ramírez o a la joven Phoolan Devi, La reina de los bandidos. Y encontrará otras tantas que son una inquietante sorpresa.

Resumiendo y para volver a Thomas Szasz, aquí están las vidas de los grandes y notables disidentes, no hay que buscarlas en otro lado.