PAISAJES DE LA MEMORIA

Antologías, colecciones y bibliotecas

Suelo desconfiar de las antologías literarias porque me han enseñado que a la hora de establecer criterios de límites, temas y parámetros desaparece la objetividad. Pero debo reconocer que no siempre es así. He consultado antologías extraordinarias, cuyos prólogos son verdaderos estudios de especialistas. Me he planteado, desde hace mucho, no adquirir colecciones: entiendo poco las razones por las que quedan incompletas. Hace poco me deshice de algunas de ellas aunque luego me arrepentí: es probable que ahora estuviera arrepentido de lo contrario al tenerlas amontonadas o en cajas de cartón.

Qué curioso se he hace que en un espacio cultural de Ciudad Juárez me hayan preguntado sobre la suerte de la Biblioteca Tola de Habich, la que desapareció el Simpatías cuando era (des)secretario de cultural de Puebla. He dicho que desconozco el caso porque nadie le dio seguimiento. Pero interrogan, han leído lo que en su momento opiné y denuncié. Al parecer, me han informado, todo apunta a que la que se halla expuesta en la Casa de la Cultura está más clonada que los CDs de la 10 Poniente, puede ser.

De cualquier manera también sé que el proyecto actual del Cecap es fusionar la red y trasladarlas a otra institución. A decir verdad, el proyecto no tiene pies ni cabeza.

Conocí la Biblioteca Castro Leal, enorme, una casa con más de setenta mil ejemplares, tan grande como la Tola de Habich.

Y es que aquí en Ciudad Juárez la municipal tiene volúmenes invaluables. Haría falta tiempo para conocerla bien.

Cuando tuve la oportunidad de visitar al Maestro Salvador Cruz en Tehuacán, recorrí los dos pisos de su biblioteca de estantería metálica para evitar, el lo dijo, que se la comieran las termitas. Él si tenía importantes colecciones de historia y de literatura, todos ordenadamente encuadernados. Luego me confío que haría un convenio para donarla a una universidad pública donde impartía sus asignaturas y me atreví a aconséjale que no lo hiciera, que antes tomara en cuenta lo que había pasado con la Tola de Habich y otras más que llegan en lotes a la Plazuela de Los Sapos. Afortunadamente no la donó y creo que ahora la familia espera tiempos mejores para crear una fundación que lleve su nombre, una quizá pequeña sala de lectura o algo parecido.

Por ejemplo, en materia de antologías pensaba lo mismo que yo: desconfiaba mucho por la subjetividad que subyace en ellas. Lo malo es que tampoco le gustaban los cómics.

Estoy aguardando que concluya una feria de libro pero vi ahí dos tomos de la obra de Pavese que yo mismo guardo celosamente. Esos libros los imprimió mi amigo José Luis Martínez en la imprenta de linotipo “Solidaridad” en la Colonia Roma, en el DF. Me asombra su precio.

Había borrado de mi cabeza el registro de la Tola de Habich pero me lo han traído de nuevo a la memoria inesperadamente acá. Por lo pronto hice un recuento de las antologías, colecciones y bibliotecas que he conocido. Sé de alguien que tiene La Familia Burrón de Gabriel Vargas y sé de otra persona que tiene una doble colección de Lágrimas, Risas y Amor de EDAR en argumentos de Vargas Dulché.

Listo, vámonos ya que comienza la cuenta regresiva. 

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