PAISAJES DE LA MEMORIA

Anecdotario de la comunicación electrónica

Me declaro un ferviente amigo de las pantallas de plasma. Veo, desde que era un chamaco, mucha TV. Debo decir que aparentemente he consumido largas horas de mi vida ante la magia de los monitores encendidos. Sin embargo no es así: sí, veo la TV, cambio de canal y estoy atento sin descuidar otras tareas. Cuando impartí un curso de comunicación, hace ya tiempo, ejercité a mis pocos alumnos y alumnas a practicar ese sistema: oigan, entérese y luego (sobre todo si van a dedicarse al periodismo) fórmense una opinión. Sólo así la noticia es noticia.

Por razones, que no puedo explicar ni extenderme aquí, caí una noche en un hotel que por afuera se veía muy bien (nada barato, además) en Tlalpan, la zona de hospitales del DF., al prender la televisión de los más de cien canales que tenía en sólo uno estaba la programación de Televisa (a esa hora daba las noticias López Dóriga) y los demás tenían una programación de pornografía. No debo ser injusto: en uno de ellos se estaban transmitiendo las fantasías animadas de ayer y de hoy con su personaje Porky. Bueno pensé, fantasías sí las hay.

Todo ahí, creo que lo narré una vez, era apariencia: los cajones de los roperos, las puertas de los armarios, etcétera.

Apagué el aparato y encendí un radio de transistores que había metido en mi pequeñísima maleta.

Toda la programación alterada, inaudito. Todo eso que los estudiosos de la comunicación han llamado desinformación. Y encontré estaciones de la Hora Azul (tríos y baladas de los años cuarenta) y hallé una estación abocada al rock setentero.

En fin, al cabo de un tiempo encendí la TV de nuevo. López Dóriga ya se había ido pero Porky no y menos los cables pornográficos.

Mi habilidad (si se puede llamar así) consiste en que puedo oír una programación radiofónica, ver la TV y leer un poco. El secreto: no perder el tiempo, tal como lo aconsejaba el Polivoz Enrique Cuenca en su papel de Paco Eco.

Resiste, amigo, me dije.

No obtuve mucha información. Oí música y la pornografía me aburre por repetitiva.

No puede dormir gran cosa. Los hoteles me son tan impersonales, les temo a veces.

El ruido de la calle entraba y no salía: autos, gente desplazándose en los pasillos… Igual me formé (como lo dictaba a mis alumnos) una opinión para elaborar una próxima y quizá confusa crónica muy daltónica, muy fugaz.

jgsampe@yahoo.com.mx