Sin coincidencias

El uso y abuso del tiempo

Una baja de 1.2 puntos porcentuales en la estimación del crecimiento económico
del país apenas al quinto mes del año y a 16 meses del sexenio puede ser para algunos motivo de júbilo y celebración. Ésa es la apuesta. La precariedad y la tragedia social, en el contexto de una democracia efectiva, es el campo fértil de las izquierdas latinoamericanas.

De ahí la exigencia de las posposiciones. Se sigue sin entender, a veces dentro del propio gobierno, que la prosperidad económica significa una combinación de técnica y expectativas. Más lo segundo que lo primero, cuando el capital físico, incluido el humano, no es un recurso abundante. Eso lo saben muy bien las izquierdas mexicanas, ya que la conciencia de sí mismas es su tope de conocimiento.

Trasciende a un problema de objetividad respecto de lo real. Eso es un escollo que se puede superar con argumentos. Va más allá de la perspectiva de la historia y del ejercicio de la política como profesión y vocación. Es el maximalismo inmediatista de un primate aético.

Se equivocan los políticos relativamente funcionales a su rol y al momento de su nación cuando afirman que las izquierdas intentan prácticas dilatorias en el debate e implantación de reformas modernizadoras. Se equivocan porque la dilación supone una noción responsable del tiempo. En las izquierdas no la hay. Tocan de oído y de contentillo.

No les bastó ignorar que durante prácticamente 20 años se les anticipó que un monopolio de Estado en materia de energía era inconducente en la maximización nacional de la renta petrolera. Defienden a ultranza un monopolio de Estado porque hasta ahí sí llega su entendimiento, en el sentido de que la producción petrolera de México ha caído en más de un millón de barriles diarios en los últimos diez años y de que sumadas la deuda y el fondo de pensiones de eso que las izquierdas llaman empresa terminará por enterrar a las finanzas públicas y a sí misma.

Por eso Miguel Barbosa, que juega a ser karmático desde que lo operaron, insiste en posponer la reforma energética, al menos hasta que haya terminado el Mundial. ¿De qué año? ¿Del de Brasil? ¿Del de Rusia en 2018? ¿Del de Qatar en 2022? No se han enterado Barbosa y su grupito que el recurso abundante de México, la fuente de riqueza de esta generación y de las que siguen, está en el subsuelo y es técnica y financieramente imposible que Pemex la explote. Su cálculo es 2015, el hambre, la carencia, el atraso, la irremisible pérdida de tiempo de decenas de millones de seres humanos. El ajuste a la baja de la tasa de crecimiento en 2014 es fiesta.

Para el PRD se convierte en ideología el déficit de atención del mexicano promedio. Si hay Mundial de futbol, no se le puede prestar la debida atención a la deliberación legislativa. Léase a contrario sensu: si no hubiera Mundial, los mexicanos durante el mes de junio estarían pegados con sus palomitas, unos chescos o unas chelas, frente al Canal de Congreso, atentos al debate de la reforma energética.

Han transcurrido seis meses desde que las reformas constitucionales en materia de energía se aprobaron. Han transcurrido seis sexenios desde que algunos con atrevimiento intelectual se preguntaron en público si era el modelo energético de México el más adecuado para corregir la pobreza de los mexicanos más jodidos. Han transcurrido seis décadas desde que el propio presidente de la República se preguntaba si la instauración del modelo mexicano no había sido el fruto desafortunado del desencuentro de dos: unos necios y arrogantes y otro inmediatista e ignorante. No se puede convertir así al destino de una nación en rehén.

En 1938 para Lázaro Cárdenas fue el desacato de un laudo laboral. Desde un punto de vista jurídico formal suena bien. En 2014 para el senador Barbosa, Ríos Piter y Compañía, es el Mundial de Brasil. Ya no suena tan bien, aunque los albañiles los aplaudan, sin saber los albañiles que al sumarse se posponen las decisiones que les darán la supervivencia a ellos, a sus familias y a las generaciones que les sigan.

Ya no es tiempo de contemporizaciones. Es la hora, es el día para que el gobierno haga valer su mayoría, la que le otorgó el voto de la ciudadanía en 2012. La democracia actual y actuante es un hecho fincado en el pasado. El pasado le otorgó al gobierno de Enrique Peña Nieto, a su partido y a sus aliados permanentes o de ocasión, el mandato de hacer lo que a su juicio conviniese a México. Se acaba el tiempo.


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