Sin coincidencias

¿El principio del fin?

Contrariamente al desprecio de la opinión pública, no hay tarea personal y grupal más difícil que gobernar una democracia en el marco de la globalización. Todo debería responder a un cálculo que desafía a las mejores inteligencias y experiencias. A pesar de algunas  señales recientes, no hay indicios inequívocos de que el gobierno mexicano esté actuando bajo esa premisa. Enumero:

Se comete un crimen deleznable en la colonia Narvarte del Distrito Federal. Por declaraciones impropias del gobernador de Veracruz, Javier Duarte, se le responsabiliza sin ninguna prueba. Transcurren cinco días en que el gobernador guarda silencio y el asunto llega, en su omisión, al Congreso de la Unión. Eso sí es imperdonable, no que se fugue un narcotraficante.

Se filtra desde Estados Unidos que el próximo embajador de México en Washington es Miguel Basáñez. Ex secretario particular de Alfredo del Mazo, el del lamentable y hasta jocoso episodio del destape fallido de Sergio García Ramírez. 18 años en el archivo muerto del sistema político mexicano. Cinco meses vacante la embajada de México en Washington, si no el mejor amigo de México, el mejor e importante aliado de nuestra historia. (Si no fuera por ellos nos gobernarían austriacos). Una afrenta al servicio exterior mexicano y un síntoma de desprecio a Washington. Mídanle.

En el Partido Revolucionario Institucional, lo que era lógico se volvió inexplicable y confuso. ¿Gesto de inclusión o signo de debilidad? Vaya uno a saber. El esbozo de liderazgo priista planteado por el presidente Peña en el reciente evento del PRI, sin nombrarlo, no dejaba dudas del veto, quizá no del voto. No era Beltrones. Y fue. Y en el camino se dio lugar al manoseo innecesario de un hombre muy cercano al Presidente. Dirían los chavos, que no los políticamente experimentados, ¿cómo para qué? No se puede gastar así el capital político de un sexenio. Es un error que cuesta.

La situación económica no está alumbrada por el Sol. El problema no es Videgaray. El problema es la historia que el sexenio no ha modificado, en términos fiscales y de estructura productiva. El tipo de cambio se comporta de acuerdo con circunstancias estructurales, pero también con un componente especulativo e indiscutible que revela desconfianza en el Presidente y en la claridad de ruta que tenga de su mandato.

Manlio Fabio Beltrones ya es factor de futuro, para bien o para mal, aunque lo niegue. Su trayectoria respalda un peso específico incomparable con el resto de los jugadores en la partida. Tengo serias interrogantes. ¿En el umbral de su legítima ambición honrará la memoria de mentores muertos o hará un esfuerzo de cambiar las reglas políticas de México que en su tiempo y con mérito él contribuyó a instaurar y aplicar?

Se cambió, para bien o para mal, la correlación de fuerzas y el equilibrio de poderes fácticos. Según la posición de cada quien es tiempo de tomar riesgos, de hacer conscientes miedos, de renovar o de cancelar esperanzas. Insistamos: el sexenio, no por historia —ni siquiera por crítica a la historia, lúcida y anticipatoria de un México mejor— ha terminado.

Lo que siga dependerá de los que de nuevo apuntan y de los que vengan.

 

valencia.juangabriel@gmail.com