Sin coincidencias

Del ogro filantrópico al duende regulatorio

Del ogro filantrópico al duende regulatorio. Eso podría ser una síntesis de la transición del capitalismo mexicano si no es que mundial de los últimos 45 años. Del Estado provisor, pasando por el Estado distributivo, al aparato de dominación convertido en regulador de los mercados. La senda estaba dada y la decisión está tomada. Lo más difícil, sin embargo,  no es reconocer una ruta de la mejor historia ni actuar políticamente en consecuencia. Lo más difícil es hacer bien las cosas y la experiencia mexicana no invita al optimismo en la materia.

En 1976 el Estado mexicano era dueño y controlaba más de mil 600 organismos descentralizados y empresas paraestatales. Se codeaba Petróleos Mexicanos con fábricas de bicicletas, embotelladoras de refrescos, manufactureras de equipo quirúrgico, las acereras más grandes del país, el monopolio de la energía eléctrica. La crisis fiscal del Estado no se tardó en llegar y la reacción, en el estilo predominante a escala global, se tradujo en privatización de las empresas sin tocar más que de manera marginal las imperfecciones y fallas de los mercados de productos y servicios. El paso, no solo en México, sino a escala mundial, fue traumático. Del keynesianismo puro de economías sujetas de manera inexorable al estancamiento y la inflación y a la crisis fiscal del Estado se trasladó a las crisis financieras de las grandes corporaciones privadas beneficiadas con anterioridad por las privatizaciones. Se llegó así a la nueva versión del Estado moderno que se transformó de Estado intervencionista a Estado rescatista. El segundo, mejor que el primero, no consigue sus objetivos con eficacia y eficiencia en el manejo de los recursos nacionales y de las finanzas públicas.

El presidente Peña Nieto tiene razón: las reformas solo son el punto de partida. No es que se esté visualizando una dificultad mayor para concretar las leyes secundarias a las reformas constitucionales. Obstáculos habrá, pero la aritmética constitucional parlamentaria opera a favor de las mayorías simples. La complicación va más allá y tiene que ver con el funcionamiento real de las instituciones encargadas de aplicar esa legislación. Es un tema de política, de administración, de economía con sus correlatos de transparencias, rendición de cuentas, eficacia, eficiencia, remuneraciones, utilización de recursos fiscales. Es un tema que tiene que ver con una reorganización a fondo de la administración pública federal, de su modo de conducción, del reclutamiento y capacitación de la burocracia en el mejor de los sentidos y de la reforma indispensable e inaplazable del Poder Judicial.

La administración pública de los nuevos modelos de telecomunicaciones y de energía es una tarea monumental de la que pocos se han percatado. Contar con los funcionarios públicos capaces no tiene que ver con lugares comunes y boberías relacionadas con ciudadanizar la función pública como se ha evidenciado en estupideces filopanistas como la Comisión Federal de Telecomunicaciones, la Comisión Federal de Competencia o el propio Instituto Federal Electoral. En esas instituciones ha habido excepciones, pero no son la regla. Se requieren funcionarios públicos profesionales de la política pública, formados e informados para el desempeño de tareas políticas de mediano y largo plazo, con todo lo que eso implica, incluida la carrera personal.

Las reformas estructurales alcanzadas en 2013 dependen en el alcance de sus objetivos de la estabilidad institucional y administrativa de esas reformas. No pueden padecer el síndrome de lo que podríamos llamar en México de la legislación electoral. Cada vez que hay una elección y un cambio en la correlación de fuerzas legislativas hay una reforma. Eso en telecomunicaciones y energía no se puede. Con ese síndrome congresional reventarían al país. Que hagan con la electoral lo que se les dé la gana. Es cosa de los partidos. Pero con la economía y el futuro de gente no se juega.

La metáfora del ogro fue un acto más de lucidez de Octavio Paz. No obstante, esa figura estatal ya quedó en el pasado. Ahora vienen los duendes regulatorios en las estructuras administrativas. Y como en los cuentos, hay duendes buenos y malos. Tiene que pensarse en el dilema que existe entre la tramitología y la corrupción y, por otro lado, el descontrol y la ley de la selva. Ésa es la gran tarea por venir de los políticos y administradores públicos de este sexenio apenas en su inicio.

valencia.juangabriel@gmail.com