Sin coincidencias

La fiesta del PRI

La fuerza de un partido en el gobierno suele ser la extensión de la fuerza de su gobernante. Ciertamente no se pueden subestimar otras variables como su funcionalidad organizacional, sus liderazgos intermedios, la accesibilidad de sus mecanismos de reclutamiento, sus fuentes de financiamiento, su presencia territorial, su capacidad de generación de mensaje y respuesta, su prestigio público. Nada de eso se puede subestimar. Pero esa relación entre el gobernante y su partido más allá del juicio lineal e inmediato provoca en ocasiones paradojas.

El pasado 25 de julio el PRI realizó un acto masivo con la presencia del presidente Peña. Ni siquiera hubo un pretexto formal. Fue una especie de palomazo partidario organizacional. No se sabe si fue para despedir al presidente saliente del partido. ¿Festejar los resultados electorales del 7 de junio? Hay más oscuros que claros con la derrota por la gubernatura de Nuevo León y 29 por ciento de la votación nacional. ¿Que se tendrá mayoría en la Cámara de Diputados? Tendrían que haber invitado al Partido Verde a su singular fiestecita. ¿Se trataba de enviar un mensaje de inflexión dentro del proceso partidario? No fue así. El mensaje del presidente saliente fue un elogio más retórico que razonado al sexenio de EPN y el discurso del Presidente de la República fue un recordatorio, hasta poco amable, de quién manda ahí y quién fija los tiempos del partido.

Todo el evento, en apoyo a la jefatura debilitada de un Estado debilitado. El montaje escenográfico no modifica el saldo conceptual. El presidente Peña que sube corriendo al presídium como rockstar en la campaña presidencial de 2012. Ha corrido mucha agua bajo el puente. Un tumulto con casi aplastamiento de personas y una guardia presidencial hasta asaltada para que un priismo histérico y primitivo consiguiera una selfie con el jefe de las instituciones y casi, casi, para ese amasijo de gente, que no de personas, el padre de la patria.

Un marco contextual objetivamente ominoso con pésimos resultados en la erradicación de la pobreza y otra vez sobre la mesa el maldito tema de la seguridad, por errores, omisiones y complicidades, hasta personales, lícitas, pero complicidades por localismos, falta de visión y una perspectiva esencialmente excluyente de la administración pública, perspectiva en la que inteligencia y profesionalismo no son criterio. Eso cabe ponderarlo si se trata de sustituir al Piojo. Como criterio de gobierno y de partido van por delante la incondicionalidad y la obsecuencia.

Ese fue el mensaje de la fiestecita del PRI. Como evento en sí mismo es absolutamente olvidable. En la secuencia del proceso político de México es grave. Si algo distingue a un estadista de un político de uso es su selección de tiempos y su capacidad de diagnóstico y adaptación. En la fiestecita del PRI no hay el menor viso de autocrítica y de conciencia de la realidad. Tenemos más votos que los demás, luego entonces, somos mejores que el resto y estamos haciendo bien las cosas.

Los priistas reunidos ahí el 25 de julio olvidan o simplemente no saben que el PRI se creó y se instituyó, ganara o perdiera, como un patrimonio de todos que abría puertas y rendijas para estar en el proceso político general de México. Lo que presenciamos en la celebración de ese sábado fue la conversión institucionalizada de una gran coalición social e histórica en una camarilla de facciosos.

 

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