Sin coincidencias

Apenas principia la crisis

Si no fuera grave y hasta una eventual situación trágica la relación Donald Trump-México, sería una comedia de errores y un buen ejemplo de lo que en política exterior y en política, a secas, no debe hacerse. Ahora solo resta minimizar pérdidas y asumir que habrá costos para ambas partes.

Una decisión como la del fallido encuentro Peña Nieto-Trump tenía que adoptarse en el marco de una política exterior y de un servicio exterior profesionales, que desde hace 11 años no existen. Se fluctuó entre 2006 y 2016 desde la ineptitud y la ignorancia hasta la ingenuidad de 2017 y la cancillería de los últimos 23 días.

Las pérdidas se acumularon a partir de la elección del 8 de noviembre, no solo por el triunfo de Trump en sí mismo, sino por la incapacidad o descuido de la inmensa mayoría de los analistas de México como de otros países, para entender que se estaba en presencia de un fenómeno político que iba más allá de las características sicológicas e intelectuales de un personaje y que suponía el surgimiento de una composición distinta en la coalición gobernante de Estados Unidos apartada de las tendencias básicas de las presidencias previas, republicanas y demócratas, indistintamente, desde Ronald Reagan hasta Barack Obama. A diferencia de coaliciones anteriores, grupos minoritarios fueron capaces de estructurar, organizarse y articular una formación electoral ganadora en torno a un personaje que fue capaz, a diferencia de sus competidores, de verbalizar y representar la muy compleja y diferenciada yuxtaposición de expectativas no cumplidas, resentimientos y ambiciones de grupos tan disímbolos como red necks, wasps, fundamentalistas morales y religiosos de nivel primario, multimillonarios, inmobiliarios y constructores de vocación estrictamente especulativa, distantes del mercado internacional de bienes y servicios y alejados de un auténtico perfil empresarial propiamente dicho. Ante ellos perdió México, no solo con Trump; perdió nuestro país frente a varias decenas de millones de estadunidenses que, conforme a las reglas de la democracia de Estados Unidos, ganaron la Casa Blanca y cambiaron la tendencia aperturista de la economía del vecino del norte, tendencia sostenida por más de dos décadas previas.

El problema ahora de México, tanto teórico como político, es interpretar y actuar en consecuencia respecto de si ese cambio en la tendencia es una anomalía temporal en una trayectoria política que se sostendrá a plazo indefinido o significa la instalación o el comienzo de un nuevo paradigma de comportamiento internacional de EU y por tanto un giro drástico en su relación económica y política con México. Ninguno de los cancilleres de los últimos 11 años, incluyendo el actual, han sido capaces de apreciar el problema; menos aún de responder a esa interrogante. De las posibles respuestas dependerá el curso de acción, inmediato y en el mediano plazo.

El conflicto está en pausa a partir de la conversación telefónica Peña Nieto-Trump. La respuesta efectiva, de fondo, estará en la madurez de las instituciones recíprocas de ambos gobiernos, no de las personas.

valencia.juangabriel@gmail.com