Sin coincidencias

El contexto del "boom"

Los ochenta volvieron a América Latina a la realidad que poco tuvo de mágica.

Si uno leyera en conjunto y de un tirón la narrativa, la ensayística y la poesía del boom latinoamericano, pensaría, desde una lejanía y objetividad ajenas a este planeta que América Latina era algo semejante a la Atenas de Pericles, a la Roma de Octavio, a la Italia de los Médici. Fue un fenómeno literario excepcional en la historia del mundo que en sus diferencias tan profundas entre diversos autores colmó un mosaico de esperanza y unidad en torno al origen lingüístico, incluido el portugués, que hacía pensar a fines de los años sesenta y principios de los setenta que algún día, cercano, la vida en América Latina habría de estar al nivel de su literatura. Apenas tres años después de su publicación en español, Gabriel García Márquez estaba en el catálogo de Penguin. Cortázar, Carpentier, Fuentes y Donoso seducían a Europa. Octavio Paz ya era una de las joyas de la corona en la Universidad de Cambridge, en Churchill College. Para la opinión pública mundial, América Latina estaba para mayores y mejores hazañas que las de los escribanos de su tiempo. No fue así. Ni es así, aunque en los próximos días la apologética latinoamericana haga coincidir la muerte de García Márquez, el centenario del nacimiento de Octavio Paz, el todavía cercano fallecimiento de Carlos Fuentes. No es casual que uno de los protagonistas del boom, analista y crítico del propio fenómeno, José Donoso, haya prácticamente concluido su obra con una novela titulada y contenida en la idea de La desesperanza.

Eran años de ensoñaciones maravillosas y autocomplacientes. América Latina estaba en boca del mundo occidental al mismo tiempo que Luis Echeverría gobernaba en México, Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Salvador Allende (con mejores valores que instrumentos para gobernar en Chile), mientras que Fidel Castro desde Cuba fantaseaba con la idea de armar a los sindicatos de trabajadores chilenos. Era la edad de oro del Ilpes, el Instituto Latinoamericano de Estudios Políticos, Económicos y Sociales; de la teoría de la dependencia como explicación y recetario para la futurología. Era la Copa del Mundo México 70 con Pelé y Gerson en sublime. Uno pasaba, sin problemas, de los goles en el Azteca a la fortaleza creciente del grupo de los 77 y de los no alineados, de los discursos interminables de Castro ante la Organización de las Naciones Unidas a las palabras de Arafat y que Palestina fuera reconocida como miembro de la Organización. La guerra de Vietnam, la violencia interminable en Colombia, la todavía no lejana irrupción de las tropas soviéticas en Praga, el ya descubierto y explorado pero no explotado yacimiento petrolero de Cantarell, la llave de México para sobrevivir los últimos 25 años del siglo XX.

Los ochenta volvieron a América Latina a la realidad que poco tuvo de mágica. Deudas externas impagables, pobreza extrema, tibiezas democratizadoras sin élites democráticas. América Latina se desintegró, si es que alguna vez había sido una cosa. No es casual que ya a finales de los ochenta, al mismo tiempo que se empezaban a celebrar las cumbres iberoamericanas, México negociaba con Estados Unidos el Tratado de Libre Comercio. Este último con los pies bien puestos en la tierra; para las cumbres iberoamericanas quedaba la magia.

En Colombia sólidamente enraizada en su tradición de violencia se superponía el auge de los cárteles, Cali y Medellín, Escobar y compañía y sus amigos y socios en México, además de la hipócrita complicidad de los gobiernos de Estados Unidos y Europa.

Hace mucho que los caminos y las perspectivas de América Latina se bifurcaron, aunque hoy la muerte de Gabriel García Márquez como un hecho contundente de historia personal, colectiva, literaria y política obligue, más en Viernes Santo, a hacer esta reflexión.

Macondo son dos cosas y dos épocas, totalmente distintas una de otra. Macondo es un lugar en una novela de García Márquez. Macondo también es un bloque petrolero en el Golfo de México, explotado por British Petroleum, técnicamente accidentado, que costó en pérdidas económicas e indemnizaciones decenas de miles de millones de dólares y que el mundo occidental ajeno al latinoamericano no está dispuesto y está preparado para afrontar en el futuro una eventualidad semejante. Esa es la diferencia entre los dos Macondos. El de la exuberancia y los siglos de soledad y los de la prosperidad económica, el crecimiento y algo tan manoseado y a la vez poco común en América Latina, que es la idea y la práctica del progreso.

valencia.juangabriel@gmail.com