Sin coincidencias

La coalición lopezobradorista

La observancia de la legalidad formal del sistema electoral en una democracia es solo principio, mas no garantía. Existen otros factores históricamente singulares de una democracia que permiten y, cabe decir, propician una dictadura de facto con la formalidad electoral intacta.

Los críticos de López Obrador han recurrido con frecuencia a la comparación con Venezuela. Analíticamente la hipótesis no se sostiene. Aunque Nicolás Maduro y Andrés Manuel compartiesen el mismo coeficiente intelectual, el gobierno chavista, que accedió al poder por vía legal, no cuenta con el respaldo de las élites económicas tradicionales del país sudamericano. Tiene al Ejército y a una proporción importante del electorado, pero no el apoyo del capital privado nacional e internacional. La apuesta de AMLO es otra, no se confundan.

¿Se puede gobernar con estabilidad con un liderazgo caudillista y autoritario sin el apoyo o, al menos, el respaldo dividido de las fuerzas armadas? Sí se puede, y el mejor ejemplo es la actual Turquía con los 14 años de Erdogan, un amplio respaldo popular de base y el sostenimiento de una poderosa élite económica, nacional e internacional detrás de lo que para cualquier criterio occidental es una dictadura, pero legal. Esa es la apuesta de López Obrador frente a unas fuerzas armadas mexicanas cuyo institucionalismo es sinónimo de apoliticidad, en su inmensa mayoría, aunque tal vez la Marina sea tema aparte.

Fuera de los reflectores, AMLO le apuesta a la plutocracia mexicana. A eso fue a Nueva York. Quá migrantes ni qué nada. Fue a hablar con prominentes CEO, sobre todo del sector financiero internacional. Igual lo hace en México, en comidas privadas, como da cuenta Jorge Fernández en Excélsior, o con sus enlaces oficiosos e informales que operan a diario con los grandes capitales en México para que cunda la especie de que, si gana en 2018, “es manejable”.

Desde luego que es manejable, siempre y cuando el costo del populismo y sus prácticas y políticas públicas recaigan en la clase media y clase media alta y en su progresivo adelgazamiento. La coalición política a la que apuesta AMLO es la que arroja de manera natural el índice de Gini para la desigualdad en México, con unas fuerzas armadas forjadas a partir de 1929 bajo la lógica de que la obediencia acompañada de corrupción marginal en altos mandos está por encima de la racionalidad política y del fundamento revolucionario que le dio origen a ese mismo Ejército en la modernidad del México institucional.

Por eso López Obrador puede atacar al Ejército y afirmar que se dedica a “asesinar” y a “aniquilar” a nuestros hermanos, huachicoleros en Puebla o narcotraficantes en Nayarit.

Electoralmente, la apuesta no es mala. Es tal la desigualdad, que el tamaño de la clase media en los deciles 4, 5, 6 y 7 no puede determinar por sí sola una elección presidencial. Los deciles inferiores sí, con el dinero de los primeros niveles de la escala.

López Obrador es un mentiroso y un simulador, pero selectivo y prudente. Sabe cuál es su audiencia. Nunca ha sido un hombre de palabra, aunque hoy por hoy esa sea la apuesta de algunos de los hombres más ricos de México.

valencia.juangabriel@gmail.com