Sin coincidencias

Sin autocomplacencia ni alarmismo

El resultado electoral deja sin fundamento, por igual, a la autocomplacencia y al alarmismo dentro del gobierno de Enrique Peña Nieto. Se le presenta a esta administración la extraordinaria oportunidad de pensar, lo que no han hecho desde que arrancó el frenesí de reformismo legislativo en septiembre de 2012. Salvo algunas reformas estructurales pendientes, que difícilmente el gobierno actual querrá encarar, ya no hay tema ni condiciones.

Se agotó el diseño sexenal de transformaciones legales y de trasplantes a escala nacional de una élite política, económica y cultural de profundas raíces locales. Si ese era el propósito, el balance es relativamente exitoso y, con objetividad, históricamente positivo para el país. Así se ve y así lo vio, en números redondos, el 7 de junio pasado, el mismo porcentaje que eligió a Enrique Peña hace tres años.

El estado presente de las cosas no es consecuencia de un pacto. Esa es coartada discursiva para algunos de los actores y protagonistas de una sábana de 95 compromisos que daba para todo. Las reformas más importantes del sexenio, que no necesariamente las más populares ni, en algunos casos, las más provechosas para el país, se consiguieron a pesar del Pacto. Las reformas educativa y energética fueron la resultante de muchos años de debate, conflicto, negociación, corrientes de opinión pública y privada que obligaban a dar ese paso. La reforma fiscal, por su parte, sacrificó la mejor opción técnica como era la generalización y homologación del IVA en trueque de ganancias electorales y equilibrios políticos que no están a la vista. ¿O es que acaso la reforma fiscal aplicada no incidió en la candidatura independiente de Jaime Rodríguez y en la paliza que le dio el capitalismo neoleonés al PRI y al PAN? Ya está hecho.

El sexenio de EPN, a partir de un presupuesto base cero, a pesar de que habrá de nacer híbrido y deforme por restricciones legales y políticas, es oportunidad para la innovación gubernamental en políticas públicas tanto por la puntualidad de sus metas como por la eficacia y rendición de cuentas potenciales de su ejecución. El reparto actual de la película no da para eso, a todos los niveles, así tengan actas de nacimiento mexiquenses, sobran ejemplos, o papis ex políticos que no se han dado cuenta de que prácticas de siempre son inadmisibles ante emergentes y nuevas realidades, y que lo sucedido con Rodrigo Medina o Aristóteles Sandoval no fue una anécdota ni un accidente, sino un escarmiento grupal y colectivo. Un reclamo mexicano de hoy, presente en el resultado del 7 de junio, es que cada vez valen menos los parentescos y los padrinazgos y se requiere de autonomía personal de criterio y una trayectoria de trabajo individual, sin tribalismos (pregúntenle al PRD si no) y sin dizque patrias chicas, dirían los antiguos, para que lo oiga el coordinador de Giras del Presidente de la República.

Lo mismo aplica al partido en el gobierno. El PRI, el histórico, tras haber sido la coalición social más grande del siglo 20 se convirtió en una extraña amalgama de dirigencias y candidaturas mexiquenses, sazonada de figuras del linaje político y de la farándula. Es hora de que el PRI vuelva a ser un partido nacional y de que Peña, el presidente de los mexicanos, se asuma como su líder, con una dirigencia nacionalmente presentable.

Gobierno y partido, ocasión para pensar.

 

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